Bases (a) lunares II

La última vez dejamos al Teniente Anderson corriendo hacia su futuro. Con una sonrisa en el rostro e imaginando cuando sea recibido como un héroe en la tierra. En su cabeza pasaban imágenes de la CNN, presentándolo como una mezcla de Neil Armstrong con Cristóbal Colón. O a veces, según el momento se imaginaba como Hernán Cortés, mostrando la cabeza suelta y medio verdecita de un pobre alien arriba de la mesa de la periodista, que en su cabeza estaba vestida como la reina de España.

Sin darse cuenta, llegó a donde las huellas se terminaban, justo detrás de una pequeña montaña. Por un segundo se quedó congelado y su vocecita interior dejó de hablar de fama y dinero y empezó a hablar de miedo. Pero Anderson nunca había escuchado a su voz interior, y no iba a empezar ahora.

Avanzó unos pasos y se encontró frente a una estructura extraña, de un material que no se podía definir, y con letras en un alfabeto desconocido. Mas allá, junto a los restos del motor del módulo lunar americano, se encontraba una estructura mas pequeña, lo que parecía también un módulo pero con otro diseño.

Entró lentamente a la estructura y esta vez el miedo lo paralizó. No había ningún ser vivo, de hecho todo el lugar parecía abandonado. Pero arriba de una mesa, o escritorio de tres patas, encontró algo a lo que no estaba acostumbrado. Algo que su padre le había dicho antes de morir que tenga cuidado porque era lo más peligroso del mundo. Ahí, sobre la mesa, sin que nadie lo moleste y a medio abrir Anderson se encontró un libro. ¡Un libro!

Se acercó y utilizando su dedo meñique lo cerró con cuidado, sin tocarlo demasiado.

En el frente del libro, que no era un libro en realidad sino un cuaderno, se podía leer una etiqueta escrita en perfecto castellano:

Diario de Viaje — Por Arnulfo Pérez Campos.

Anderson se sentó frente al cuaderno y lo empezó a leer desde el principio. No sabía español, y no sabía tampoco que las letras que había visto antes no eran extraterrestres, sino rusas. Igualmente trató de recordar palabra por palabra, pensando en su futuro como héroe nacional.

Viernes, 26 de Julio de 1968.
Hoy se cumplen cinco años desde que comenzó esta historia. El mismísimo Comandante Fidel, luego de volver de Moscú me hizo llamar en una reunión privada y me encomendó la misión más difícil que cualquier cubano podía enfrentar. Me acuerdo mi incredulidad, que fue casi una falta de respeto, ¿a la Luna yo? ¿Era broma? Pero el Comandante no bromeaba. Cuba se iba a meter en la carrera espacial entre la gloriosa URSS y los malditos de USA. Y Nosotros íbamos a jugar un papel importantísimo. Lógicamente la naturaleza de la misión era secreta. Muy pocas cosas no lo eran en en esa época, donde los yankis nos espiaban hasta con aviones, pero esto más. Así que tuve que guardar el secreto hasta de mi familia. No importaba. No lo hacía por la gloria, lo hacía por la revolución. Como siempre digo, los cubanos estamos acostumbrados a guardar secretos.
Cinco años se cumplen hoy, y acá estoy. Recién aterrizado en La Luna. Si hasta la fecha calculamos perfecto. Eso fue gracias a Ivet, que se paso 3 años enteros perfeccionando la trayectoria de la nave ella sola. Otra muestra de la grandeza del pueblo cubano, olvidada. Aterricé perfectamente en el borde del lado oscuro de la Luna, porque a la sombrita todo es mejor.
En total en el proyecto trabajamos 16 personas. Yo mismo además de piloto, fui director, mecánico y guarda de seguridad del lugar. Pero valió la pena. Por supuesto que hay que agradecer los materiales y herramientas de los hermanos soviéticos. Sin ellos nada de esto hubiese sido posible.
Una nueva etapa comienza en esta Luna socialista, desde donde podré ver florecer el socialismo en toda la Tierra.

Anderson dejó de leer. Le dio asco tanto socialismo, y miedo tanto fervor patriótico. Él estaba acostumbrado a que ese fervor sólo podía ser propiedad del ejercito estadounidense.

Al lado del cuaderno notó un cenicero lleno de cenizas, con un cigarro apagado por la mitad. Con que eso era el material extraño que había encontrado en el módulo lunar. Spritz estaría aplaudiendo ahora. Siguió leyendo pero adelantando un poco, porque cada vez las entradas se hacían mas largas. Pero Anderson trataba de evitar los desvaríos sobre Fidel, la revolución cubana y la URSS que ocupaban la mayoría del cuaderno. Buscaba solamente datos concretos.

13 de Enero de 1969
Hoy salí a caminar. No vi nada en tres horas de caminata. La Luna puede ser un lugar muy solitario, pero como siempre digo los cubanos estamos acostumbrados a estar aislados. Por suerte tengo mis cigarros y mis libros. La verdad que allá abajo no me parecía una buena idea gastar tanto presupuesto y tiempo en investigar estos habanos que se puedan fumar en la luna. Pero ahora no se que haría sin ellos. Fidel tenía razón cuando me dijo *“todos los cubanos tienen derecho a fumar, y mantener el estilo de vida y las costumbres del glorioso pueblo cubano, sin importar que estén en La Habana, en Santiago o en La Luna. De eso se trata el comunismo.”

….

20 de Julio de 1969
Ya no se que voy a hacer. Me quedan nada mas que 14.000 cajas de cigarros. Había venido con 35.000. Hace un par de horas escuché un ruido. ¿Capaz que es un cargamento de provisiones? No debería llegar uno hasta dentro de tres años, pero quien sabe.

21 de Julio de 1969
¡Era una trampa! Vi llegar una nave similar a mi pequeña Leon Trotsky II, pero con la bandera estadounidense. ¡Los malditos yankis nos invaden! Tengo que tomar coraje e ir a matarlos.

23 de Julio de 1969
Los malditos abandonaron. Otra vez, como en la Bahía de Cochinos. Dejaron sus cosas tiradas y se fueron, antes de que pudiera hacer nada.

Anderson avanzó al final del libro, necesitaba saber hasta donde llegaba. Esto que había descubierto era increíble, pero no podía contarlo porque acabaría con la moral estadounidense. ¿Un cubano en la Luna antes que Neil Armstrong?

14 de Julio de 1978
Se están por cumplir 10 años y yo sigo acá. Nunca recibí comunicación de mi pueblo, esos malditos yankis las deben estar bloqueando. Pero se equivocan si creen que van a poder debilitar el espíritu del pueblo cubano. Mi habitáculo y mi vehículo se rompieron varias veces, pero como yo siempre digo, si hay algo que sabe hacer un cubano es arreglársela con lo que tiene. Miren si no los autos que usamos, todos del 50. Desde los 15 años que arreglo esos autos, y la tecnología que desarrollamos para venir hasta acá es muy similar a esa. Usando partes del módulo lunar de ellos, alargué la vida de mi habitáculo varios años. Sólo me queda resolver el tema de la comida. Tengo arroz y patatas, como siempre, pero necesito buscar la forma de hacer ketchup.

Anderson cerró el libro y se quedó pensativo. Levantó la vista y pudo ver dos cosas que le produjeron un gran impacto. La primera fue que mas allá del escritorio, en un estante, había al menos 10 libros o cuadernos similares al que tenía en las manos. La segunda cosa que le produjo un gran impacto fue un martillazo que le pegó en la frente.

En el otro extremo del martillo estaba Arnulfo Perez Campos, con sus 79 años a cuestas pero un estado de forma envidiable. Empujó el cuerpo sin vida de Anderson para un costado, se sentó en su silla, tomó el habano del cenicero y lo prendió con un encendedor especial. Después de una larga pitada dijo en voz alta: “es como yo siempre digo, nadie vive más tiempo y con mejor salud que un cubano. Estos yankis de cabeza dura a nosotros no nos van a ganar, mientras yo viva la Luna va a seguir siendo Socialista.”

Así termina la historia del Teniente General Ryan Anderson. Alguien que quería ser recordado por los libros de historia y, a pesar de que no fue como lo imaginaba, cumplió su objetivo. No será recordado como un Cristóbal Colón o como un Neil Armstrong, pero sí como un Archiduque Francisco Fernando de Austria.

Es que la muerte de Anderson dio comienzo a la nueva guerra entre Cuba y Estados Unidos, que luego se transformaría en la Primer Guerra Intermundial cuando intervinieron los socialistas del planeta Jupiter.

Pero esa es otra historia.

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