La historia de Julián (I)

Capítulo I: “Sabor tradicional”

Después de mirar como un boludo durante diez minutos el espejo del baño, Julián se lavó la cara y volvió a la cama. Sus pensamientos vagaban por el mismo carril de los últimos meses. ¿Así nomás me voy a morir? ¿Sin haber hecho nada útil? ¿Alguien me ira a extrañar? Ahora ya no puedo hacer nada, no me queda más tiempo. Tendría que haberme puesto las pilas antes.

La tele se prendió sola y él casi automáticamente puso la primer temporada de su serie favorita. Era una sitcom que hacía años que se había terminado, y cuyas situaciones anticuadas ya no tenían sentido para la sociedad actual.

Apenas se acomodó en la cama, la luz del borraMem le iluminó la cara y segundos después se dispuso a verla por primera vez en su vida. Otra vez, como todos los días, se pasó horas mirando lo mismo, pero sorprendiéndose y sin acordarse los chistes del día anterior, porque el borraMem le había borrado de la memoria esa serie en particular. Era un invento realmente útil.

Alrededor de tres horas más tarde la voz de la casa, Eliza, le avisó que tenía un mensaje nuevo. Había literalmente millones de opciones para la voz y personalidad de la casa, pero Julián había dejado lo que venía predeterminado. No le gustaba gastar crédito en boludeces. Su asistente ni siquiera podía leerle el mensaje.

Sacó su iDevice del bolsillo y buscó el mensaje nuevo sin mucho ánimo. Obviamente, el mensaje era spam. Era un newsletter que le estaba llegando estos últimos días titulado «Morir mejor». Era gentilmente enviado por el Estado para que la gente en la situación de Julián no se deprima o arme problemas. En uno de esos mensajes fue que leyó todo el verso del síndrome de los últimos días, que explicaba las diferentes etapas por las que pasa a una persona «apresta a morir», como llamaba el texto a lo que en la calle se conocía como moribundos. Pero como nuestro moribundo en ese momento estaba en la etapa de negación, lo borró enseguida.

Es que al principio los envíos del newsletter eran bastante útiles, con toda la información legal sobre la enorme cantidad de trámites que hay que hacer para poder morirse como corresponde, que formularios llenar, donde presentarlos, a quien avisar, etcétera. Pero últimamente los mensajes eran del estilo «Elija el mejor lugar para morir» y «10 cosas que no puede dejar de hacer antes de morirse» que eran publicidad encubierta.

El mensaje de hoy era simplemente una propuesta de distintas actividades, acercadas amablemente por los sponsors de turno, con increíbles descuentos que nadie debía dejar pasar. Estos sinvergüenzas te quieren exprimir hasta los últimos segundos de vida, protestó Julián. Igual miró los detalles de una invitación a un boliche de moda, que quedaba cerca y nunca había ido. Le llamó la atención el nombre, L’Arc, porque le sonaba de algún lado, y le gustó porque la invitación incluía un cóctel sin cargo. Con la idea de aprovechar el alcohol gratis, y sabiéndose capaz de rechazar la tentación de gastar en cualquier cosa que le quisieran vender, decidió ir.

Se pegó una ducha rápida y en apenas tres minutos y medio estaba listo. Listo frente al armario, dudando que ropa ponerse. Vestirse era un proceso que le resultaba incómodo. El sistema del armario le ofrecía la ropa ya limpia y planchada, simplemente tenía que elegir y apretar un botón. Pero la multiplicidad de opciones siempre lo complicó. No sabía muy bien que ponerse, y el preview del espejo no le parecía muy confiable. Terminó sacando la misma ropa de siempre: un jean gastado, una remera negra y un pullover gris, a pesar que el armario sugería “solo de entrecasa” para esa combinación.

Salió de su departamento, dejando todo tirado, y bajó los tres pisos por escalera. Mitad para hacer ejercicio, mitad para no cruzarse a nadie en el ascensor. Veintitrés ascensores para novecientos departamentos eran demasiado pocos, y la probabilidad de cruzarse con gente era demasiado alta. Una vez la había calculado y todo. Podría haber ido caminando, el boliche no quedaba muy lejos, pero decidió ir en el metro. Le gustaba el transporte público. Se sentía contento de tener algo en común con la masa de gente anónima, aunque sea por unos minutos. A pesar de que lo único que tuvieran en común fueran las ganas de no estar ahí en ese metro mugriento.

Al bajarse del metro, pasó por un drugstore a comprar cigarrillos. No le gustaba usar las máquinas expendedoras, según él porque le gustaba la interacción con el humano vendedor pero en realidad era porque no las entendía. Aunque siempre en el drugstore había que esperar más. Y hoy no era la excepción. Había dos o tres personas delante de él pero la cola no avanzaba. Esta vez el problema parecía ser algo bizarro. Una adolescente estaba tratando de comprar alcohol aunque todos sabían que a su edad no lo tenía permitido. Julián miraba la situación y recordaba que antes era más fácil, sin las cámaras buchonas. Cuando él era menor comprar cerveza en un negocio era sólo cuestión de entrar y agarrarla con seguridad, haciéndose el grande. Ahora, con la identificación de rostros y ese sistema online filmando todo las veinticuatro horas del día, las cámaras escupían todo tipo de información de cualquiera que se paseara por sus ojos inquisidores. El discurso del vendedor estaba totalmente justificado. “Si sabés que no se puede. Te llego a vender y me cortan la licencia instantáneamente. Dejame trabajar, por favor te lo pido”. Pero a pesar del malhumor de los otros clientes, y del asombro de Julián, la chica no parecía entender razones. ¿Qué le pasa a esta piba? No puede no conocer el sistema. Es pendeja pero no tanto. Parece de veinte o treinta, grandota boluda. Le prestó un poco más de atención y se dio cuenta que algo raro había. La chica no parecía seguir la tendencia de los adolescentes actuales, con la ropa transparente y los peinados raros de colores fuertes. Tenía el pelo corto de un color natural y se vestía con un tapado largo y oscuro. Julián estaba metido en sus pensamientos cuando la chica se dio vuelta y salió enojada, chocándolo al pasar. “Pelotudo de mierda” la escuchó decir entre dientes, pero no supo si se refería a él o al vendedor.

Una vez que le tocó su turno compró los cigarrillos más baratos que había, sabor tradicional, y siguió rumbo al boliche.

Entrar fue fácil. No hizo la cola porque pagó la entrada más cara. Dije que no iba a gastar nada y ya me engramparon con 150 créditos, se lamentó mientras ponía el dedo. Julián arrancaba el día con 500 créditos, producto de su buena jubilación. De entrada gastaba 250 en la pastilla, como todo el mundo, pero el resto casi ni lo utilizaba. Ese día se dio el lujo de gastar 150 para no esperar media hora.

No había terminado de entrar, que ya se arrepintió de haber ido. El lugar era un edificio antiguo que daba la impresión de ser enorme. Julián no estaba seguro, porque la potente luz blanca no lo dejaba ver nada, pero creía haber entrado a ese lugar años atrás cuando todavía era una basílica. Entre el humo blanco y espeso había personas sueltas, o en grupitos, murmurando cosas que a pesar del silencio no se llegaban a entender. ¡Cómo cambió todo! esto antes no era así, se lamentó. También yo, quien me manda a venir acá. Hace como cien años que no salgo a bailar y se me da por venir ahora porque me lo dice un spam.

Pero si estamos en el baile, bailemos. Como decía la abuela. Aunque en este baile no haya música. Se acercó a un grupo de gente que se movía en silencio, cada uno a su ritmo, y trató de hablar en voz alta y hacer gestos, pero fue completamente ignorado. Decidió irse para la barra, a ver si había gente más tranquila con la que se pudiera hablar, y vio, apoyada sobre una columna, a una mujer que estaba sola y con cara de feliz cumpleaños. “Hola ¿cómo estás? ¿Te puedo molestar un segundo?”. La mujer lo miró de reojo y no le contestó. Julián volvió a insistir y esta vez tuvo una respuesta. Sin dejar de murmurar la mujer se llevó el dedo al oído, señaló la barra y otra vez su oreja. Julián entendió. Que boludo, están todos con audífonos, con razón. Le agradeció con señas y se fue a pedir uno a la barra, pero del otro lado para no pasar más vergüenza. 
 
Apenas recibió el auricular se lo puso y de golpe del aparatito empezó a salir una música electrónica a todo volumen. Ah, esto es un poco más como lo recordaba, pensó mientras se lo sacaba rápido para tratar de bajarlo un poco antes que su oído explote. Una vez que pudo bajar el volumen, se puso a hablar en voz alta. “Hola ¿alguien me escucha? HOLAAA”. “Pará flaco, estás gritando” le contestó una voz grave. “Disculpame, es que mucho no entiendo como funciona esto. Yo soy Julián, mucho gusto”. Esa voz no le contestó más, pero una mujer un poco más comprensiva le explicó: “Estás en el lobby, unite a un canal. Los comando de voz empiezan con CHET”. Pero esa información no le servía de mucho. Julián no entendía y le costaba mucho no poder unir las voces con personas. Para colmo todo el tiempo se escuchaban ruiditos, de gente que entraba y salía continuamente del lobby.

Tratando de ser lo mas amable posible pidió ayuda nuevamente y le contestaron “Fijate en la pizarra noob. O decí CHET join ayudanewbie para ir a un canal”. Miró entonces arriba de la barra y encontró una pantalla que explicaba un poco más el sistema. Vio una lista de canales, o salas, ordenadas por popularidad. Arriba de todo figuraban #casualsex #sexroulette y #justdance con más de 400 usuarios conectados. Entre los canales recomendados había uno de ayuda y uno de principiantes. También había uno que se llamaba #lastdays, para gente que se estaba por morir. A ese decidió entrar, aunque solo había ocho personas adentro.

Cuando entró una voz electrónica lo saludó. “Bienvenido al canal #lastdays. El topic de hoy es Los mejores lugares para morir. Estamos en el área de los sillones en el primer piso, acercate y participa si no querés ser expulsado”. 
Después de ese mensaje empezó a escuchar lo que parecía una discusión bastante acalorada.

— Lo que pasa que es que morirse en la playa es muy cliché — decía una voz aguda, un tanto apurada — . Encima si te morís en el agua después te tienen que andar pescando, molestás a todo el mundo.
 — Que vas a molestar, te dejan en el agua y que te coman los peces — respondió un hombre que parecía más tranquilo.
 — ¡Mirá si te van a dejar! En ningún lado te van a dejar, siempre tienen que recuperar el cuerpo, te lo juro eh, por ley es así. — insistía el primero.
 — Yo hace poco leí que si te tirás por el gran cañón te dejan ahí, — aportó una tercera voz — incluso te calculan el tiempo de muerte. Te tiran de un avión vivo y cuando llegás ya estás muerto, pasás los últimos segundos en caída libre.
 — ¿Pero es legal eso? Si yo leí que el cuerpo sí o sí lo tienen que recuperar, y no sé en que estado quedarán después de la caída. — contestó el de la voz aguda, que claramente estaba en desventaja en la conversación. Para cambiar de tema preguntó: — ¿Che entró alguien recién? Escuché el sonido de entrada hace un ratito.
 — Ni idea, si con las boludeces que dicen no dejan escuchar. — dijo el que tenía data sobre el cañón — ¿Hola estás ahí? 
 Eso era para Julián. Después de dudar un segundo respondió tratando de sonar lo mas natural posible.
 — Hola, ¿cómo están? Sí, acá entré recién, estoy tratando de ubicar por donde andan.
 — Hola Julián, ¿qué tal? — dijo el de la voz aguda, pero ahora mucho más calmado. — Yo me llamo Herb, mucho gusto, estamos por acá arriba en el primer piso atrás de la escalera. Yo estoy vestido de azul, moviendo los brazos ¿me ves? Holaa. 
 — Si, ahí los veo, voy para allá. — dijo Julián acercándose.
 — Perdoná los gritos. Pasa que Herb se ceba y bueno, nos entretenemos haciéndolo calentar también. Yo soy Farrow. — dijo la segunda voz de hace un rato.
 — Mucho gusto, ¿en que andaban? — preguntó Julián mientras se acomodaba en un sillón.
 Había algo tranquilizador en ver a las personas y poder juntarlas con las voces, aunque todavía no se acostumbraba a que siempre le hablaran al oído.
 — Estábamos viendo donde nos vamos a morir, ¿vos ya lo tenés decidido? — dijo Farrow, que Julián pudo ver que era el que estaba sentado en la escalerita de al lado.
 — Ehh, no. La verdad todavía no lo pensé. No me parece muy importante.
 — ¿Cómo que no es importante? — interrumpió Herb volviendo al tono de urgencia y agudizando la voz — ¡Es lo más importante que te queda por definir en la vida!
 Julián lo pensó un poco. Después de unos segundos dijo:
 — Por ahí me gasto los ahorros que tengo y me voy a morir a alguno de los lugares de muertes celebres. La pieza de Hendrix en Londres, el hotel donde murió Messi, no sé.
 — ¿En esta época del año? ¡Olvidate! ¡Para esos lugares tenés que comprar el ticket con años de anticipación! Ya ahora no quedan — dijo la tercera voz, que todavía no se había presentado pero parecía ser la que mas información tenía de todo esto. — A menos que lo hagas en el Eternum, pero es una simulación eso.
 — ¿Cómo es eso? — preguntó Julian.
 — Te conectan a una máquina de realidad virtual y te dejan ahí viviendo para siempre el cuento que vos les pidas.
 — Siempre y cuando tengas los dos mil créditos para pagar todos los meses. — aclaró Herb.
 — Y así y todo nada te asegura que no te desconecten cuando se les cante. 
 — Disculpame, ¿vos sos…? No te presentaste.
 — Ah perdón, tenés razón. yo soy Beto. 
 — Beto vos que la tenés clara ¿cuál es la mejor forma de morir entonces? — dijo Farrow, en tono sarcástico. 
Pero Beto contestó en serio: 
 — Para mi la mejor es la del espacio, eso sí, es bastante caro también, pero imaginate: tu cuerpo queda ahí para siempre flotando en el espacio, hasta que se desintegra y pasar a ser parte de estrellas, planetas, quien te dice que no terminás siendo parte de una vida alienigena miles de años en el futuro.
 Herb y Farrow entraron a reír. 
 — Jaja me extraña Beto que te comas ese chamullo. ¿Mirá si te van a dejar flotando en el espacio? — dijo Herb. 
 — Si fuera así la atmósfera estaría llena de muertos y no habría lugar para los satélites y todas las cosas que andan dando vuelta. — completó Farrow.
 — Claro, a lo sumo te tiran en un cuadrante específico con un montón de gente y te tienen ahí en un corralito — volvió a atacar Herb — . Preso para toda la eternidad. 
 A Julián le dio un poco de lástima e intercedió: 
 — Che perdón que les cambie de tema, pero ¿no saben como hacer para conseguir el cóctel gratis que se supone me tienen que dar? Eso decía el newsletter.
 — Jajaja te engañaron. El cóctel ese es una mentira, te lo dan recién después de las 23hs. — respondió Beto.
 — Son unos tramposos, no decía eso en ningún lado. — dijo Julián. 
Pero en ese momento su voz fue tapada por miles de sonidos de entrada y salida simultáneamente. 
— ¿QUÉ PASA? — gritó alarmado.
 — Nos están floodeando el channel, es un ataque de algún molesto, pasémonos a #lastdays2. — dijo Herb hablando fuerte y claro por sobre los sonidos.

Pero Julián no entendió. Y de todos modos, no hubiese sabido como pasarse de canal. Se quedó solo durante unos minutos escuchando esos sonidos infernales hasta que no aguantó más y se sacó el auricular enojado.

Ofuscado por la situación, sintiéndose medio ridículo por no saber como reaccionar y viendo que la tarde no daba para más, decidió volverse para su casa.

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