Confesiones de Invierno

Durante casi cinco años trabajé en Editorial Atlántida. En un viejo edificio en la esquina de Azopardo y México, en pleno Bajo porteño.

Todos los edificios tienen secretos. Al menos los construidos en esa época, donde cada pared se hacia de 60cm y usando materiales pensados para durar para siempre. No estoy hablando de esas cosas nuevas hechas de cartón pintado.

El edificio de Atlántida tiene sus secretos también. Con épocas oscuras y personajes siniestros, que vivieron y respiraron en esas paredes durante años.

Entre los pisos de la escalera principal, antigua y toda de mármol como corresponde, hay una puertita negra de no mas de un metro, que parece que no lleva a nada.

Pero esa no es la verdad. La verdad es oscura como la puerta.

Ya escribí bastante en este blog y no puedo aguantarlo más, tengo que confesar.

Detrás de esa puerta estoy yo.

Todo arrancó un día que, como siempre, estaba tapado de laburo. Necesitaba concentrarme un poco pero tenía una reunión sin importancia, una de esas en las que tenía que escuchar durante más de una hora a gente hablar sobre lo que no sabe, o lo que no viene al punto, mientras los servidores se caían y tiraban alertas a mi celular.

Cuando el Outlook me avisó que ya era la hora de la reunión me levanté de mi máquina resignado. Pensando en un modo de acortarla y volver a laburar empecé a subir la escalera. Y ahí fue cuando la puerta me llamó.

No se bien como explicar ese momento. Fue un ruido, pero en silencio. Fue una sensación, pero imperceptible. Fue como cuando tenés el celular en silencio en el bolsillo y lo sentís vibrar pero al mirar no tenés ninguna notificación.

Los edificios del Bajo tienen secretos. Tal vez de la época en la que los terrenos daban al Río de la Plata. Cuando Puerto Madero no existía (sorry gordi) y mas allá del Bajo no había nada.

Es que algo mágico y misterioso hay en esas tierras que fueron ocupadas por agua durante miles de años. Con la tierra, el agua y el tiempo no se jode.

Empujé la puerta y descubrí detrás de ella un cuarto enorme y luminoso que no tenía sentido en las dimensiones físicas.

La primer reacción fue cerrar la puerta rápido y seguir camino a mi reunión, la decimotercera sobre un proyecto que finalmente nunca se hizo.
 
Pero a medida que pasaba el tiempo la noción de esa puerta no se iba de mi cabeza. Era una salida posible a este mundo monótono, algo que estaba ahí y que simplemente hacía falta animarse y ver a donde llevaba.

Ustedes pensarán en este momento que estoy diciendo boludeces. Que estoy tirando una metáfora, entre las oportunidades que te da la vida, en el viaje que estoy haciendo y las cosas que viví estos últimos meses. Que venir a Japón me pego para la mierda y que me hice budista o bernardostamateista o algo parecido.

Pero no. Lo que estoy tratando de decir es así de simple y cuadrado. Detrás de esa puerta estoy yo. Todavía engancho el wifi del segundo piso, nunca le cambiaron el password a la red “Autoedición”.

Todo el viaje es mentira. Estoy acá encerrado, hace varios meses. Voy haciendo el blog cuando estoy aburrido e inventando cosas. Retoco imágenes sacadas de Google y con un poco de photoshop y paciencia les hago creer que estoy en cualquier lado.

Es una buena vida, no lo voy a negar. Estoy tranquilo todo el día y no gasto en casi nada. Vivo a latas de conserva y restos de cajas de navidades que nunca fueron entregadas. A veces a la noche salgo a recorrer las redacciones, y a comer los restos de comida de canje, esconder papeles y cambiar las sillas de lugar, solo para molestar.

Y durante el día duermo, y es por eso que me inventé lo de la diferencia horaria. Estuve bien. Lo tienen que reconocer.

Estoy planeando “volver” a la Argentina recién el año próximo. Mientras tanto hago esta confesión mas que nada para que lean los que aún trabajan acá.

Si quieren creerlo créanlo, si no ríanse y no hagan nada. Pero por favor, si les parece mínimamente posible, acuerdensé de mí antes de irse del trabajo, déjenme algún resto de comida, unos chocolates, algo.

Lo ultimo que les pido es que le digan al jefe que no sea rata y no apague las luces y la calefacción a la noche solo para ahorrar luz y gas. Que hay gente que esta por las noches en la oficina y que necesita los servicios básicos para vivir.

Y sepan también que si alguna vez necesitan escapar, de una reunión, de la rutina, o de lo que sea, la puerta que yo abrí va estar siempre abierta y hay lugar para todos.

Es cuestión de animarse y mandarse nomás.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.