Días lisboetas

Me resulta difícil describir a Lisboa. No porque sea muy extraña o complicada, sino porque me parece una ciudad especial. Hay lugares hermosos por todo el mundo, pero hay algunos que cuando uno está ahí ve algunas cosas, y al tratar de capturarlo en una imagen no lo logra. Hay veces en las que la imagen no muestra todo lo que tendría que mostrar para dar una idea del lugar.

Con Lisboa me pasa eso, pero con las palabras. Será porque me parece una ciudad sumamente poética, donde la cultura y las letras se ven en cada rincón, y el fantasma de Pessoa esta siempre presente caminando por el Chiado. Será porque tiene esos empedrados y esos azulejos tan conocidos, que me hacen acordar a una Buenos Aires que nunca viví, que ya no existe más. Será por la presencia constante del mar, que se siente en todos los rincones de la ciudad aunque no se vea. No sé. Es difícil de explicar.

Lo primero que uno nota enseguida al caminar por cualquier barrio de Lisboa es la falta de edificios horribles que rompan el paisaje. Hay un sano empecinamiento en mantener todo como estaba antiguamente. Las fachadas de las casas, las calles, las vereditas, las costumbres. En todas las ciudades de Europa, con tanta historia, hay partes de la ciudad antigua, o cascos históricos. En Lisboa no. Porque toda la ciudad es así. Todos los barrios tienen sus diferencias, pero en ninguno te vas a encontrar una torre de treinta pisos tapándote la vista.

La ciudad tiene muchas subidas y bajadas, muchos miradores y terrazas, para sentarse a tomar un café y admirarla. Muchos graffitis en las paredes, muchas callecitas angostas donde casi no entran los autos. Muchas iglesias y edificios antiguos que son muy lindos, pero muchas ventanitas con flores en casas desconocidas que son mejores.

Gente sentada en las mesitas de los bares en la calle, pasándose horas leyendo, escribiendo o conversando, sin más que una taza de café vacía arriba de la mesa. Muchos turistas también, es cierto, sobretodo los primeros días con los feriados de año nuevo. Pero una vez que se fueron volviendo a sus naves me pareció que la ciudad volvió a su ritmo normal y la pude disfrutar un poco más.

Yo estuve parando en las afueras de Lisboa, más cerca del mar y en una zona en la que no tenía mucho alrededor. Ir al centro requería tomarme un bondi, el 125, un tren por unas seis o siete estaciones y caminar algunas cuadras. Sólo para llegar. Pero valía le pena. Igual la comodidad del departamento donde estaba parando y la cantidad de transportes hizo que más de una vez me quede sin salir, o me conforme con ir hasta la costa nomás (sólo el bondi) y caminar por ahí.

Siempre la ciudad te invita al agua

Una cosa hermosa que tiene Lisboa es el sol. Sí, ya sé, el sol esta en todos lados. Pero en Lisboa más. Se ve al amanecer, se ve al atardecer, y llena la ciudad de unos colores y una luz muy particular. Y la ciudad está llena de paseítos a la vera del río para disfrutarlo.

A pesar de la ola polar (?) europea, donde veo por la tele que hace frío y nieva en todos lados, en Lisboa la temperatura no baja de 10 grados. Y al solcito hace calor (no como para meterse al agua, pero bueno). Es un buen lugar para pasar el invierno.

La luz del atardecer me parece una cosa alucinante.

Igual ahora me vine a Porto, por una semanita, a recorrer, porque un pasaje de avión acá me salía 10 euros y porque necesitaban la pieza por este tiempo en el lugar donde estaba parando.

Ahora estoy de turista en un hostel, otra vez, pero con más ganas que la vez pasada, conociendo gente buena onda y saliendo a recorrer otra ciudad que tiene muchos puntos en común con Lisboa. Ya voy a contar sobre Porto más adelante.

Los portugueses en general son buena onda, aunque me prefieren hablar en ingles que en castellano. Igual tienen un lindo idioma, que se entiende bastante al leer y escuchar. Aunque hay veces que por su parecido al español hace que uno entienda mal y no se de cuenta que entendió cualquier cosa. Me pasa de vez en cuando que entiendo algo y media hora después me doy cuenta “ah, lo que me quisieron decir era tal otra cosa”.

Volví a recuperar la compañía de mi Kindle, y ando leyendo por ahí. Tratando de sacar fotos y de mirar la ciudad desde otro lado.

El fin de semana pasado salí a la noche, a tomar algo al Bairro Alto, el barrio tradicional de noche, y me encontré con una escena sumamente conocida. Callecitas empedradas con bares de puertas abiertas, y con la gente entrando a comprar bebida y saliendo a la calle a tomarla. Con música saliendo por todos lados. Cualquiera de esas calles podría ser San Telmo. En otra época, claro. Y esa es la diferencia que me parece a mi hace que me guste tanto. En Barcelona yo puteaba porque todo me hacía acordar tanto a Buenos Aires que me hacía extrañar. Acá me hace acordar mucho, pero a lo que fue o pudo haber sido, y nunca vi. Tranvías, cafés y música. Es otro tipo de nostalgia. Aunque no se como decirle. Siempre me gustaron las palabras de los idiomas que no tienen traducción directa. La más conocida en portugués es saudade, que justamente tiene que ver un poco con eso. Será cuestión de resignificarla un poco. ¿Se puede tener nostalgia de lo que pudo haber sido pero no fue?, ¿cómo se dirá en portugués?

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