De ciertos desiertos desiertos

Ya había llegado a Merzouga, ya había contratado la excursión, estaba listo para salir.

Cuando se hicieron las cuatro de la tarde, guardé un par de cosas en la mochila y salí por una puertita del patio del hostel, que daba al desierto. Ahí me estaba esperando el guía con el dromedario.

YUSEF. Ya con esos colores que usás arrancamos mal. ¿No tenían uno rojo y blanco?

Mi guía era un bereber que no hablaba en español ni inglés (apenas si hablaba árabe me parece, tienen su propio idioma) pero era buena onda. Todo el viaje hablamos un montón, él en su idioma y yo en el mio. Sin entendernos una mierda, claro.

Arrancamos a caminar y enseguida noté dos cosas: primero que el dromedario es un animal muy boludo. Si lo tirás camina, si lo soltás se queda. Si le decís que se quede sentado y te vas, cuando volvés ahí está. No sé si los camellos serán iguales, pero la imagen esa que tenemos de los reyes magos es mentira, le falta un negro adelante tirando de los camellos porque si vos solo te subís a uno no avanzas a ningún lado.

Podrían estar ahí parados toda la vida si no fuera por el negro que no sale en la foto y que anda a pie y tirando del camello. Si me preguntan a mí el próximo 6 de enero deberíamos dejar agua (o un Fernet) para él.

La segunda cosa que noté, es que para ser una gran masa de arena, el desierto esta bastante señalizado. Es que si prestás atención al piso ves las huellas de los guías, los dromedarios, las 4x4, y todo lo que pasa cerca. Y el camino hacia el campamento donde se pasa la noche (que queda en la duna más grande a la vista, por lo cual es fácil de ubicar) se puede hacer siguiendo el surco más grande.

Nosotros arrancamos rapidito pero en un momento con todos los otros que estaban haciendo el tour ese día (todos empiezan a la misma hora, no sé por qué) nos fuimos encontrando en una filita y avanzando más lentamente.

Parece que ni en el desierto te salvás de la hora pico.

Todas las huellas en el suelo eran la parte más fea del paisaje

Después de una hora y media más o menos llegamos al campamento. En el camino algunos de que venían en la fila se separaron y se fueron a otro, uno más cheto con baños de verdad y cosas así. Pero conmigo llegó una familia de chinos gritones que apenas bajaron de sus dromedarios se metieron para adentro, y Yusef me dijo que aproveche y vaya a dar vueltas y ver el atardecer desde algunas dunas y vuelva para cenar (aproximadamente).

El campamento entre los árboles, en la base de la duna más alta.

Ahí me alejé un poco del campamento, subiéndome a las dunas y jugando como un nene con la arena y mirando como el sol se iba y dejaba la arena de un color naranja fuerte. Tomando un poco de conciencia donde estaba. No a muchos kilómetros de donde estaba antes, pero a la vez en un paisaje que nunca pensé que iba a ver.

Cuando el sol se estaba yendo y ya quedaba poca luz, volví al campamento donde me esperaban con un tajín de verduras y un par de tazas de té. Muy rica la comida, y muy práctica la forma de cocinarla, con una garrafita que habíamos llevado.

Estuve un rato en el campamento, hablando con el que estaba a cargo ahí, Mustafá, que por suerte hablaba todos los idiomas. Me contó que él y el hermano vivían ahí, que se turnaban algunas semanas para cuidar su campamento y el de los vecinos que ahora no estaban. Que en el verano llega a hacer 55 grados y la arena quema. Que en semana santa se llena de españoles. Y un montón de cosas más, bastante interesante. Ahí en el campamento tenían un pozo donde sacaban agua, y estaba todo lleno de árboles. Había como 10 carpas con espacio para tres o cuatro personas cada una, pero estaban la mayoría vacías. En temporada alta se llenan.

Mustafá, que me pidió que le pase esta foto por WhatsApp. Se ve que en el desierto todos tienen internet menos yo.

Después de morfar y confirmar donde estaba mi carpa y si tenía suficientes frazadas, alrededor de las 8 de la noche me fui otra vez afuera del campamento a mirar las estrellas.

Otra vez empecé a caminar prestando atención a las huellas y mis pies en la arena para no caerme. Con la luz de la luna que se reflejaba en la arena, y con los ojos que son una maravilla que se acostumbran a todo, me di unas vueltitas y me puse a mirar las estrellas.

Me parece que nunca en mi vida había visto tantas estrellas.

Estaban por todos lados. Eso era lo más impresionante. Yo estaba acostumbrado a mirar para arriba, a un punto fijo, y ver estrellas. Muchas, pocas, según el lugar y la hora. Pero acá estaba lleno de estrellas por todo el cielo. Y no solo arriba. No sé si será por la ubicación, no se si será el efecto del terreno, de no estar parado en algo plano y no tener un horizonte definido, o si será un conjunto de todo. No sé bien que era pero les juro que yo miraba para adelante y veía estrellas. No hacía falta ni levantar la cabeza. Caminar entre la arena, mirando para adelante y viendo estrellas, era como estar caminando por Marte o algo así.

Alrededor de las nueve de la noche, cuando la arena ya estaba muy fría y yo estaba pensando en meterme para adentro, empecé a escuchar ruidito de tambores que venían del campamento lejano. Es que la noche en el campamento también incluye música y show, en general por los mismos guías que tiran del dromedario. Me quedé un rato hasta que me dí cuenta que en mi campamento también estaban preparando el fuego y volví a ver un poco a los negros tocando el tambor y a los chinos bailando como locos.

Chinos bailando como poseídos alrededor del fuego.

Después de un ratito me volví para afuera, a mirar algo mucho más entretenido, las estrellas. Y me llevé música por las dudas, y una frazada para tirarme. Pero acostarme en la arena no fue buena idea, porque estaba muy fría. Pero sobretodo porque mirar para arriba no tenía el mismo chiste que caminar y mirar para adelante y en 360 grados.

Mirando con atención empecé a descubrir constelaciones, dibujos y cosas entre la infinidad de puntos luminosos en el cielo. Yo antes de esa noche no entendía mucho el tema de las constelaciones, me parecía demasiado inverosímil que alguien pudiera ver, por ejemplo, un escorpión entre las estrellas. Parecía un librito para nenes, esos de unir los puntos. Imaginando que antes el cielo era todos los días así, en todas las civilizaciones, en todas las noches, es completamente entendible la historia que hacían antiguamente con las estrellas. Y me dio un poco de miedo pensar que ahora hay gente que puede vivir toda su vida mirando para arriba y no ver nada, o casi nada. Los que vivimos en ciudades miramos para arriba y no vemos ni un cuarto de lo que hay. ¿Llegará un punto en el futuro en que pensaremos que no existen más?

Alrededor de las 10 y media, cuando se terminó la música volví al campamento y me senté alrededor del fuego a calentarme un poco las patas que se me habían enfriado con la arena. Sentado alrededor mio quedaban solo los 4 o 5 guías que habían ido ese día, hablando boludeces en su idioma y fumando. Después de un ratito saludé y me fui a dormir. Con la idea de levantarme al otro día a las seis y mirar el amanecer.

Lo bueno de haber decidido estar dos noches en el desierto, era que sabía que no tenía que apurarme, que no se me terminaba ahí la experiencia. Haber pagado para estar esa noche, darme cuenta que hasta el desierto esta lleno de chinos, y levantarme al otro día y volverme hubiese sido un bajón.

Mi carpa. O jaima, como le decían ellos. A la noche hacía frio, pero no era demasiado grave.

Por suerte cuando me levanté, sabiendo que ese era el día que iba a pasar todo el día en el desierto, los chinos ya se estaban yendo, apurados por volver al pueblo parar tomarse un bus que seguramente los devuelva a Marrakech. Yo me levanté tranqui, vi como el sol salía a las apuradas (a las seis ya se veía, pero parece que el sol también estaba esperando que se vayan los chinos para salir del todo) y después desayunar y hablar un rato más con Mustafá arrancamos viaje. Una de las cosas que pregunté y aprendí ahí fue como armar el turbante tanto para la version calor como para la versión frío. Estuvimos un rato hasta que Mustafá me explicó, porque se le complicaba enseñarme. Hasta que me avivé que yo estaba tratando de ponérmelo con la izquierda y eso lo confundía. Aprendí entonces a armarlo como derecho, no es difícil pero es util saberlo.

A mi no me gusta disfrazarme cuando voy a los lugares. No me puse un kimono cuando fui a Japón, no me puse el gorrito típico cuando fui a Perú, no anduve en cuero cuando fui a Camboya (?). Pero el turbante en el desierto tiene su lógica. De verdad ayuda mucho cuando pega el sol, y usándolo más apretado ayuda contra el frío. Además es una tela fácil de guardar que no ocupa mucho espacio. Es práctico. Así que el segundo día me resigné y me puse un turbante. Después de un rato ya había pasado la novedad y no me sentía tan ridículo.

Ahí lo tenés al boludo disfrazado.

Ese día anduvimos andando un rato más. Un par de horas para adentro del desierto, dejando atrás la zona de dunas y cruzando una parte plana llena de piedras negras que venían de la montaña. Mientras andábamos, íbamos hablando de países lejanos. Yo le nombraba los que había visitado, el me nombraba los que sabía o los que había conocido alguien de ahí alguna vez. Supongo que en cierto modo es lo mismo. Pasábamos diez o veinte minutos en silencio y de golpe se acordaba y me decía: “¡Polonia!”. Yo le respondía: “No fui, hace frió”.

Llegamos a una zona de un campamento nómada, con gente que vive ahí en el desierto desde siempre. Había un par estructuras medio abandonadas, donde esta todo listo y preparado para que vayan los turistas a pasar la tarde, y ahí cerquita están los nómadas (a veces, a veces no porque por algo son nómadas, supongo. Si estuvieran siempre en el mismo lugar no serían nómadas, serían sedentarios medios boludos para elegir terreno)

Paneles solares, gallinas y muros de verdad, estos nómadas vivían bien.

La cuestión es que llegamos a ese lugar como a las once de la mañana. Yusef me quería cocinar el almuerzo y le dije que no, que espere un rato. Me fui a dar una vueltas y sacar fotos pero no me dio demasiado para molestar a los nómadas que estaban ahí. Volví y después de almorzar una ensalada con atún, Yusef se fue a dormir una siesta y yo me quede ahí hasta las cuatro.

En el medio del desierto, sin chinos, sin nadie alrededor. Con un silencio increíble, un sol que pegaba mucho y un lugarcito cómodo para estar ahí sentado leyendo, pensando boludeces e imaginando por momentos como hace la gente que vive ahí toda su vida.

Una cosa que siempre me llamó la atención, leyendo blogs de viajes y hablando con la gente que viaja, es esa idea de que visitar ciertos lugares o hacer ciertas actividades, como pasar una noche en el desierto, puede ser una experiencia que te cambia la vida. Siempre me sonó raro, y me pareció medio ridículo. Si tenés que irte a la loma del orto, viajar en avión, buses, y camellos para dormir en la arena y así darte cuenta de algunas cosas super importantes, no es que el lugar sea re loco sino que nunca te paraste a pensar aunque sea un poco.

Los llevan en fila como un trencito y los bichos boludos atrás

A pesar de eso uno va con cierta expectativa. Capaz que tienen razón. Uno no sabe hasta que no va. Y me causó un poco de gracia, y un poco de alivio, darme cuenta que cuando yo me encontré una tarde solo en el medio del desierto, no tuve ninguna revelación ni nada raro. Me entretuve jugando a tirar piedras apuntándole a una montañita que alguien había hecho, me entretuve leyendo y pensando boludeces, me entretuve poniéndome en el lugar del otro y tratando de entender como vive. Exactamente lo mismo que venía haciendo, por ejemplo, las tardecitas que salía a caminar por Lisboa. Lo mismo que vengo haciendo todos los putos días de este viaje, en el continente que sea.

Me imagino que por ahí tiene sentido todo ese chamullo de las revelaciones si estás en la oficina laburando. Si toda tu vida se mueve entre urgentes problemas ajenos y culposos momentos felices de libertad, puede ser que te cambie algo ver que gente que vive con nada es más tranquila y feliz que vos.

Pero creo que conseguir ese efecto no depende de ningún lugar geográfico en particular, es cuestión de parase a pensar y usar el sentido común.

Descansando en la casita del desierto

Tipo cuatro de la tarde cuando Yusef se levantó de la siesta volvimos al campamento. Primero tuvo que ir a buscar el dromedario que a pesar de ser boludo se había ido bastante lejos. Puede haber ayudado algún piedrazo mio, no lo sé.

El viaje de vuelta lo sufrí un poco. Algo que no dije hasta ahora es que andar en dromedario duele bastante. No el culo, yo pensé que me iba a doler el culo a cada paso, pero no. Uno va con un buen colchoncito hecho de frazadas. Lo que me dolía bastante eran las piernas, los aductores. El músculo de acá adentro. Eso que siempre les tira a los jugadores de fútbol. Tanta montura, sumado a que el dromedario es un animal bastante ancho, hace que uno tenga que abrir las patitas un montón cuando está arriba. Y yo no estoy acostumbrado, no tengo flexibilidad. Y no hay nada como para donde apoyar las patas, así que cada paso es un tironcito.

Para colmo, el viaje de vuelta lo hicimos por un camino menos transitado, no había huellas marcadas y Yusef estaba medio apurado vaya a saber uno porqué. En vez de hacer zigzag, en vez de ir despacio por donde las subidas y bajadas no eran tan pronunciadas, él me llevaba por el medio de las dunas como un nene manejando una 4x4. El dromedario se la bancaba como un duque igual, yo pensé que me iba a tirar a la mierda, pero tienen una estabilidad asombrosa.

Más lindo que mirar el sol, al atardecer era mirar las sombras y como iba creciendo la oscuridad.

Volvimos con más tiempo que el primer día, así que me fui a ver el atarceder arriba de la duna más grande de todas. Esta vez me fui preparado con agua y abrigo así que me pude quedar hasta que se hizo bien de noche. Mientras miraba igual, se me acercaron 3 gringos que recién habían llegado a pasar su noche en el campamento, y nos quedamos hablando un rato.

El desierto, al menos el marroquí, está menos desierto de los que nos cuentan las películas.

Otra vez el fogón de la noche y los negros tocando los tambores, otra vez me fui lejos a ver las estrellas y escuchar mi música. Está vez con mas confianza me mandé más lejos, es imposible perderse y aun en el medio de la noche la luna ilumina demasiado, así que me fui por mi cuenta a subirme a las dunas más altas y estuve bastante tiempo, dos o tres horas, dando vueltas por ahí.

Mirando las estrellas por ahí, daban ganas de volver al campamento y decirle a todo el mundo que no sean boludos que salgan a ver el espectáculo que se estaban perdiendo.

Mas allá de lo super turístico y preparado que parece todo, y que me quedó la sensación que si te agarrás una carpa, o un poco de comida y te mandás al campamento ese podes pasarte unos días tranquilos por tu cuenta, vale la pena hacer la excursión porque todo el tiempo podés encontrar momentos para escaparte y olvidarte del mundo.

Atardecer de un ocaso crepuscular.

Recomiendo sobretodo, hacer más de un día, porque para mí tiene muy poco sentido ir a las cuatro, dormir, despertarse y volverse para estar a las 8am en un bus de vuelta a Marrakech.

Haber llegado hasta Merzouga y haber contratado la excursión ahí, también es algo que me parece super importante. Porque sigue siendo turístico, es el mismo campamento donde pasas la noche y todo, pero parece más auténtico. La mayoría de los dromedarios que me crucé tenían en la oreja un plastiquito con un número, como el número de patente de un auto. El mio no, se ve que era clandestino. Mi guía no era uno con un discurso practicado en todos los idiomas, era un negro que vivía ahí.

Mustafá y Yusef, hablando de vaya uno a saber qué.

Igual a pesar de todo uno desconfía. En algunos casos me gustaría ser más inocente y comerme el chamullo entero, como los chinos esos por ejemplo que estaban tan contentos de que espontáneamente los habitantes del desierto hicieran música para ellos que les regalaban euros a montones. Pero no me sale. Siempre le voy a escapar a esas cosas.

Y dice algo, que a pesar de todo, cuando pienso en el día que pasé en el desierto, así de ridículo como suena, me parece algo real. Algo que no esperaba de este viaje y que es una experiencia que suma, aunque sea para reafirmarme algunas de las cosas que venía haciendo y pensando.

Al volver al hostel, después de una larga ducha y un buen desayuno, me pasé ese día (y otro más) descansando y tomando coraje para subirme a un bus por doce horas, volver a Marrakech a pasar la noche y después apuntar para la costa, para Essaouira. Para volver a ver el mar. Porque tanta arena sin mar como que no tiene sentido.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.