Diez cosas que aprendí viajando solo

Número uno: Como poner títulos clickbait en mi blog.

Uno de los pibes que conocí en Kyoto andaba siempre con un cuadernito como diaro de viaje. En ese cuaderno anotaba, entre otras cosas, lo que iba aprendiendo en su viaje. Boludeces. Me acuerdo que lo primero que puso en Kyoto fue “no echar verduras congeladas al aceite hirviendo”. Originalmente solo sacaba su cuaderno para hacérselo firmar a la gente que se iba despidiendo (lo cual me parecía una hermosa idea que siempre quise llevar a cabo). Pero un día, después de un accidente de cocina, le sugerimos que en una sección de su cuaderno vaya anotando todo las cosas que iba aprendiendo. Esa página se terminó transformando en una guía comunitaria de consejos prácticos para viajar, vivir, disfrutar y no quemarse con aceite hirviendo al cocinar un paquete de brócoli.

Pero la idea del diario de viaje estaba buena. Siempre lo quise hacer y nunca lo hice porque ridículamente me parecía injusto con aquellos que ya había despedido y no iban a estar en el cuaderno. A pesar de que iba a seguir viajando, recién llevaba cuatro meses, ya había conocido un montón de gente que no se merecían quedar fuera de mi cuaderno de viajes. Pensándolo ahora es una excusa muy boluda, pero en ese momento me sonaba lógico.

Algo que aprendí con el tiempo es a identificar mucho más ese tipo de razonamientos falaces. Ya me sale mucho más fácil hacer lo que quiero porque “es el momento” por más que las condiciones no sean perfectas. Es algo que noté también muchísimas veces con las fotos. Hice muchas veces la de pasar por un lugar, ver una linda foto para sacar pero no hacerlo porque “total mañana voy a volver y andar con la cámara” y resulta que al volver la foto no sale como la primera. Ya sea por el clima, la hora, la gente alrededor o simplemente porque uno tiene la fantasía de que el posible pasado es mejor que el seguro presente. Es mejor sacar la foto en el momento, y si se puede volver al día siguiente y sacar otra. Supongo que si esto fuera un curso de autoayuda este punto se llamaría vivir el presente.

Número dos: Como entretenerse con boludeces.

Tengo un recuerdo muy claro de tener, durante los primeros dieciséis años de mi vida, la sensación todo el tiempo de estar aburrido. Es tan antiguo y tan continuo el recuerdo que en mi cabeza sigo pensando “estoy aburido” sin pronunciar bien la erre, porque así lo decía a los cinco años. Me aburría en la escuela, me aburría en mi casa. Me aburría hasta de aburrirme.

Resulta que no hay nada como viajar para entretenerse. Pero no me refiero a hacer actividades, o tours. A pasarse de joda en joda y emborrachándose como australiano en Tailandia. Me refiero a los puntos muertos, a los momentos de tranquilidad. A saber que faltan tres horas para que venga el único bus que te puede llevar al siguiente destino y que no te queda otra que esperar. No hubo momento de todo este año en que realmente se me pase por la cabeza la idea de que me estoy aburriendo. Porque viajando, cuando uno está en grupo nunca se aburre. Siempre están pasando cosas, siempre hay algo de lo que hablar. Y, por más que uno viaje “solo”, es increíble la cantidad de cosas en común que se puede encontrar con otra persona, y es ridículo ver todo lo que puede empezar de un simple “hola” o “que calor” o “fijate que me parece que ese chino te quiere cagar”. Pero este punto no se trata de las relaciones con la gente, sino de la facilidad que uno tiene para darse cuenta que hay un montón de cosas para mirar alrededor.

Número tres: Como ver y mirar.

Esto es algo raro, que se aprende con el viaje pero no se trata del movimiento. No se aplica en algunos países exóticos o al subirse a un avión. Se aplica todo el tiempo y en todos lados. Se relaciona en el punto anterior, porque es la clave para no aburrirse. ¿No sabés que hacer, estás solo en un país donde no conoces a nadie? Salí a caminar. Y a mirar. A ver y pensar y de que manera ven el mundo los otros. Como se relaciona con tu país y tu gente. Siempre hay escenas para ver. Una de las cosas que más extrañaba cuando en el viaje me veía muy envuelto en grupos y andaba de acá para allá a todos lados con gente era que muchas veces estaba muy distraído para prestar atención a las cosas que pasaban a mi alrededor. Y es verdad que en Asia es más fácil, donde todo es raro y todo llama la atención. Pero eso no quiere decir que, por ejemplo, en Europa no tengamos todo un contexto histórico mucho más rico y conocido para comparar. Al igual que cuando uno mira en la oscuridad, al viajar se va acostumbrando a mirar los detalles y prestar atención a todo al llegar a un país nuevo. Una vez que uno aprende eso es imposible aburrirse. Ni esperando ocho horas un avión en un aeropuerto, ni caminando una hora bajo el sol al costado de una ruta.

Número cuatro: Todo va a estar bien.

Algo que uno aprende muy rápido al viajar solo por un tiempo largo es a soltar. Ante cada situación que escapa un poco al control que uno puede tener (osea casi todas) hay dos posibles reacciones: enojarse y tratar de cambiarla o dejarse llevar y asumir que de una u otra forma se va a arreglar y todo va a estar bien. Yo siempre fui de no hacerme mucho problema por nada, aún antes de viajar y sin haber conocido ningún país. Al punto por ahí de exagerar y conseguir que muchos se enojen conmigo, lo reconozco. Pero nada es tan grave, y pocas cosas no tienen solución. Siempre fui así, no lo aprendí ahora. Pero viajando aprendí que mi forma de ser tiene sus ventajas. Que me de lo mismo dormir donde sea, en una cama o en el piso, solo o compartiendo habitación con veinte personas, es un plus muy grande a la hora de viajar y sirve para que efectivamente cualquier situación tenga muchas soluciones posibles. Y que no es sólo un discurso o una postura, es algo que efectivamente me pasa. Se hace más fácil viajar así. Es como ser alto y descubrir que te gusta jugar al basquet (?).

Cinco: La gente es como uno.

Viajando uno aprende a mirar las diferencias y se termina dando cuenta de las similitudes. De tanto recorrer y hablar con la gente llegué a la conclusión de que todos son un así un poco como yo: boludos. No, en serio. Me refiero a que uno se puede relacionar y hablar con cualquiera, de cualquier cosa. Cualquier personaje es muy fácil de relacionar y comparar con alguien que uno que conoció antes. Tendremos distintas costumbres pero todos buscamos lo mismo. Una vez que se entiende eso es más fácil relacionarse con cualquier otro viajero, local o visitante. Hay países que son más difíciles que otros, hay gente con la cual no me comunico y le escapo. Pero la mayoría de la gente con la que me crucé en todo el viaje siempre fueron buena onda. La gente, por lo menos mientras viaja, es buena. ¿Por qué será? Uno puede asumir que si uno es bueno se encuentra con gente buena. O que yo particularmente tuve suerte. O que la gente al viajar se comporta mejor en otro país que en el propio. Pero yo tengo otra teoría. Toda la gente buena que me crucé tenían algo en común. Estaban contentos, la estaban pasando bien. Yo creo que, simplemente, la gente feliz es buena. Hay que juntarse con gente feliz y contagiarse un poco.

Seis: La importancia de la mirada del otro

Siguiendo con los tópicos de autoayuda, en este mundo donde la gente que se va de vacaciones está más pendiente de subir la foto a Instagram que de mirar el paisaje, viajando uno aprende la importancia que debe tener la mirada del otro sobre nuestras decisiones: ni mierda (cero).

No quiero sermonear sobre lo que está bien y lo que está mal. Yo soy creyente de esa frase que dice que cada uno hace de su culo un florero. O lo que pinte. Pero hablando sobre lo que yo aprendí en el viaje, hubo varías situaciones en las cuales no participé o no hice lo que quise por pensar “que van a decir si lo hago”. Algunas veces, incluso, tenía un pensamiento más boludo y que venía de la mano de lo que yo pensaba años atrás y lo que estaba haciendo ahora. Ejemplo: “Como siempre dije que McDonals era una mierda no puedo ir a comer a McDonals acá por más que sea los más barato que hay y que me muera de ganas de comer una hamburguesa”. Ya sé que nadie me va a ver y que si alguien me ve no va a pensar mal, pero suena a una pequeña traición a mis ideales del pasado. Pero no es así. Viajando uno se da cuenta rápido de este tipo de errores. Bueno, de cualquier tipo de errores, sobretodo si hablamos de subirse a un tren que va para el otro lado, por ejemplo.

Pero los errores como el anterior, de comportamiento, son más difíciles de detectar si uno está quieto y enfrentándose a las mismas variables. Lo lindo de viajar es que es posible cambiar de parecer, porque cambia todo y ser flexible es una necesidad. Así es mucho más fácil aprender y corregír los errores.

Siete: La relatividad del tiempo

Esto medio que ya lo dije hace poco, pero ahora voy a tratar de contarlo como algo positivo. El tiempo pasa rápido cuando uno está de viaje. No me acordaba lo largas que se hacían las tardes de oficina. Hasta viajar doce horas en un bus se me pasan rápido si tengo mi kindle y no tengo apuro por llegar a ningún lado. Saber cual es la actividad del día deja tiempo para boludear y uno es consciente y aprovecha ese tiempo porque sabe que es valioso. Es curioso como el tiempo pasa rápido pero a la vez uno hace tantas cosas en una semana que le parece que está hace un montón. Una semana en Koh Rong Samloem se sintieron como tres meses, lo pienso ahora y es ridículo. Estuve más tiempo puteando en Marrakesh que descansando en el paraíso. Pero en su momento era la decision correcta. No me arrepiento. Epa, acá tenemos otro punto.

Ocho: No me arrepiento (de este amor).

Uno no puede aprender a no arrepentirse. Pero viajando uno aprende a perdonar mucho más fácil. Y si la persona a perdonar es uno mismo, mejor todavía. Tendría que haberme quedado y se me dio por subirme a un tren, cruzarme dos países y venir acá. ¿Y ahora que hago? Y nada macho, bancatelá. Si tanto te jode volvete, y si no mala suerte. Es imposible viajar y quedarse colgado con las posibilidades no exploradas o con las decisiones incorrectas. Uno aprende a evaluar, tomar una decisión rápida, y vivir con las consecuencias. Creo que ésta y muchas de las cosas que estoy listando deberían ser comportamientos comunes para la gente normal. Pero a veces uno pierde perspectiva y se olvida de todas estas cosas.

Nueve: El culo te abrocho. *

¿Eso también aprendí, vieron? A hacer chistes que nadie entiende, sin que me importe que no los entiendan. No voy a ponerme a hablar de cosas negativas en este decálogo de cosas copadas que bien podrían pertenecer a un libro de Bucay, pero viajando uno aprende un poco más a vivir sin contexto. Y eso tiene su lado bueno. Ahí también se nota un poco de crecimiento personal. Antes yo me pensaba dos veces todas las boludeces que decía, por “que iban a pensar si me entendían mal”. Ahora ya tanto no me importa. Lo digo y punto. Total es gente que por ahí no vuelvo a ver, o más importante, es gente que no conocía como era antes.

Es como el capítulo de los Simpsons en el que se van de vacaciones y Lisa se consigue amigos cool. Porque otra cosa que se confirma viajando (en el fondo siempre lo sabemos todos) es que para cada situación de la vida hay un capítulo de los Simpsons que se corresponde.

“Estoy viajando hace un año, arranqué por el sudeste asiático. Hice Tailandia, Malasia, Camboya y después Japón”

[* Para los que se preguntan si el título correcto no sería: ocho, el culo te abrocho; y nueve, el culo te llueve, les digo que miren el capítulo cuatro de la primera temporada de hermanos y detectives, ese en el que los pibes se van de campamento.]

Diez: Nunca olvides quien eres.

(siguiendo con los Simpsons y los chistes tontos)

Lo que voy a decir parece una obviedad pero nunca está de más repetirlo. Viajando, mirando y relacionándose con la gente uno descubre que tiene un montón de cosas en común con todo el mundo. Que se puede hablar de cualquier cosa, que se puede hacer reír a cualquiera, que se puede pasarla bien. También aprende que, por ejemplo, algunas relaciones nunca cambian y que se pueden encontrar parecidos en todo el mundo. Pero lo más importante es que también uno aprende a detectar las diferencias. A verse distinto al resto. Es muy lindo tener la certeza de que uno es único y especial, aunque nomás sea por disponibilidad geográfica. Ver como lo que uno dice o hace modifica el mundo día a día, sobretodo sabiendo que no hay otro que pueda tener el mismo punto de vista, las mismas experiencias, los mismos orígenes, es una linda sensación.

Y si uno sabe que nadie puede tener en la cabeza las mismas cosas que uno, el siguiente paso lógico es no juzgar a los que se comportan distinto. Viajando dejé de lado un montón de prejuicios. Y revaloricé un montón de opiniones y experiencias propias previas al viaje. Y me puse a escribir boludeces también, que bien podría haber sido un buen objetivo para el viaje.