Entre famas y cronopios

Llegué a Tokyo. Un lunes, a las 6 de la mañana, me bajé en Akihabara y empecé a caminar hasta el hostel donde tenia que ir.

Con la cabeza llena de cosas y llena de gente linda que dejé en Kyoto, me bajé del bus donde pasé toda la noche casi sin dormir (a pesar de que adentro del bus había silencio y oscuridad total las paradas, a cada rato me despertaban) y estuve 40 minutos caminando por las calles desiertas de una ciudad enorme y todavía dormida.

Me gusta hacer eso, no se porqué. No importa que tenga la mochila llena de cosas, o que este cansado y sin dormir. Llegar a una ciudad nueva y caminarla por primera vez es una sensación hermosa. Y es mas surrealista si pasa a las 6am o a las 3am (como cuando llegué a Kyoto, no recomiendo llegar a las 3am a Manila, por ejemplo).

Lo primero que vi en Tokyo que me llamó la atención es un par de ñatos, vestidos de traje y todo, durmiendo en una parada de bondi en el medio de la ciudad, con sus mochilas ahí tiradas al costado sin preocuparse por nada. Ciudad grande pero misma mentalidad que Kyoto, de otro planeta.

Caminé despacito y silbando bajito. Tenía que presentarme en el hostel a las 9, así que tenía tiempo.

Cuando llegué, después de esperar un rato largo, me hicieron firmar un contrato (!) para laburar estos 30 días y me mostraron un poco el lugar. Ese día no laburé y aproveché a dormir, poniéndome el despertador a las 2 para cruzarme con la gente que estaba terminando de laburar para ver que onda.

Pero no tuve mucho éxito. A diferencia del otro voluntariado, donde era todo un quilombo pero la gente era buena onda, acá esta todo mas organizado y la gente se mueve mas por su lado.

Yo estaba acostumbrado al caos y al “a ver como arreglamos este bardo” del otro lugar. Ademas laburaba con la compu en el IT shift y acá lo único que hay para hacer es limpiar. Pero eso no es un problema. Lo que es raro es laburar para los japoneses, que necesitan que todo este perfecto de una manera específica. Me hacen doblar las sábanas de una forma particular, hacer que la funda de almohada apunte siempre para el mismo lado, boludeces de ese estilo. Pero me dan todas las tareas anotadas en un papelito y al terminar el turno si hice todo me regalan un chocolate. No se, es raro.

Lo malo es que se siente mucho mas como un trabajo de verdad que lo anterior. Me hace acordar demasiado a las reglas insólitas y arbitrarias de la oficina. Pero son 3hs nomás, y cinco días por semana. También se siente mas una relación laboral con los compañeros de laburo, donde cada uno raja para hacer lo que quiere apenas termina el turno.

Es que Tokyo es una ciudad tan grande, con tantas cosas para hacer, que cada uno tiene miles de lugares donde quiere ir, y cosas para hacer que no necesariamente le interesan al resto. Aparte muchos de los que vienen acá a laburar se toman esto mas en serio, mientras buscan otro trabajo, o una visa, o estudiar. No es de la misma onda de “estoy de paso y caí acá” que las cosas que se consiguen por workaway, acá hay gente “laburando” hace varios meses.

Pero yo también tengo mis laburos y mis cosas, así que me viene bien. Estos tres días en Tokyo ya laburé para mí más que las últimas dos semanas en Kyoto. Parece que finalmente llegó el segundo semestre a Argentina y empezaron a salir laburos, espero que siga así porque no quiero seguir quemando ahorros.

Lo único que me falta es encontrar que hacer cuando no laburo. No quiero ser turista en ciudades, no me gusta. Kyoto era mas pueblito, pero acá me siento como si fuera turista en Buenos Aires y la actividad del día fuera ir a caminar por Palermo, quejarse de los restaurantes caros y de la gente que consume.

Me había desacostumbrado a esa sensación de llegar a un lugar nuevo y no saber muy bien que hacer, no me pasaba desde hace mucho (en Kyoto desde el primer día iba a hacer cosas con los otros voluntarios, en Bangkok ya la jugaba de local, en Camboya las actividades eran pocas y limitadas, etc)

Igual salir a boludear y caminar es lindo, y no paro de flashearla todo el tiempo. El primer día que llegué volví a ir a Akihabara a la noche, y el lugar que era desierto se había convertido en un mundo de gente extraña, ruido y luces.

No veo la hora de ya haber recorrido todo lo que “hay que hacer” (que son tantas cosas que ni se que son) para poder estar tranqui viviendo unos días esta ciudad increible.

Por ahora voy de a poco, esperando cruzarme con gente que conocí en Kyoto y va a venir para acá en un par de días, tratando de entender el sistema que usan estos japoneses para el laburo y boludeando por ahí, robando wifi de los macdonalds para ubicarme.

Te espero ahí en la esquina, entre la torre y el edificio del sorete en la terraza.
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