Essaouira y el mar

Después de tanto desierto y tanta arena, me estaba faltando el mar.

Un par de días extra de descanso hicieron falta para que finalmente tome coraje y me anime a subirme al bus por 12 horas, para llegar a Marrakech. Después de dormir una noche ahí, salí al día siguiente rumbo al mar.

Essaouira y el Atlántico, parece Mar del Plata.

No fue un viaje muy largo, tres horas en bus, y otra vez elegí la opción fácil y saqué el bus turístico, por 75 dírham. Podría haber viajado por 50 o 60 en uno común, pero me dio fiaca. Es que si vas a la estación local tenes que pelear los precios con la gente que labura de intermediario y que no te deja llegar a sacar tu pasaje a la ventanilla. Y después pelear con el chofer para que no te cobre más de cinco extra por la mochila. Y pelear por conseguir un asiento. Y pelear.

En el bus me tocó otra vez ventanilla así que planeaba ir mirando para afuera, pero un marroquí buena onda se sentó al lado mio y después de ofrecerme de sus galletitas se puso a jugar en su tablet a un jueguito de pool y me invitó a jugar. Así que nos pasamos un par de horas jugando como cinco o seis partidas hasta que se murió la batería. Ahí terminé de confirmar que la gente marroquí es muy buena onda, a menos que te esté tratando de vender algo. Es una lástima que el turista promedio solo interactúe con este último grupo, que parece ser el más numeroso.

Bajé en la estación de buses y me fui caminando hasta el hostel que ya tenía reservado por 50 dírham la noche (pero sin desayuno).

Dejé todo rápido y salí a caminar, rumbo al mar.

Me costó encontrarlo, más que al hostel. La medina es medio laberíntica y no ves el mar hasta que no salís, pero caminar por las callecitas esas, las más pobladas y las desiertas, me resultó mucho más tranquilo y agradable que caminar por Marrakech. Los vendedores eran menos agresivos, se veía gente local comprando en los mismos lugares que los turistas, se veían partiditos de fútbol por las calles, tanto de nenes como de adultos. Y al salir de la medina estaba el puerto con gente vendiendo y comprando pescado, y ahí nomás la playa y el mar.

Desde el puerto se puede ver la medina y el mar

No era un mar muy lindo, no era una playa paradisíaca, pero me entretuve mirando el horizonte y el atardecer por un par de horas. Lo extrañaba. Cada vez que estoy frente al mar pienso lo mismo. Quiero vivir en un lugar así, quiero mirar el mar todos los días. Es un poco preocupante darse cuenta lo fácil que resulta dejarlo de lado y olvidarse de algo tan simple y cierto como lo que me produce el mar. ¿Si me gusta tanto por qué puedo olvidarme tan fácil y pasarme días sin verlo? ¿Por qué esta situación no pesa en ninguna de mis decisiones? ¿Cuántas certezas dejamos de lado sólo por el hecho de saberlas ciertas?

Mientras miraba el mar el primer día, tres argentinas vinieron a sentarse al lado mio y se pusieron a hablar boludeces. Por un rato me entretuve escuchando sin dar pistas de que entendía hasta que no pude más y me metí en la conversación. Encontré muchos argentinos dando vueltas por Marruecos. Vaya a saber uno por qué.

Essaouira tiene toda una onda hippie y relajada que viene bien en el viaje y es un buen contraste a ciudades como Fez o Marrakech. No había mucho que hacer durante el día, más que boludear con la gente del hostel que por suerte era buena onda. Me terminé quedando como una semana entera y si me pongo a pensar no hice mucho. Me hice una mini rutina que incluía levantarme e ir a comprar un par de medialunas por 1 dirham cada una, un jugo de naranja o algo barato para almorzar. Y después a la noche salir a comer, si es que no se armaba una comida comunitaria en el hostel cocinada por un marroquí.

Cuscus para todos y todas

Algo interesante es que Essaouira es tambíen un destino turístico para muchos marroquíes. Y es lindo cruzarse gente del lugar que también está de vacaciones. Un día de esos un par de marroquíes nos llevaron a un club a jugar al badminton, un deporte que nunca había visto más allá de haberlo escuchado nombrar. Es un deporte raro. Onda tenis de playa pero en cancha de voley. No me gustó demasiado. Me pareció un deporte de abuelas. Para colmo cuando le empecé a agarrar la mano me echaron de la cancha por estar jugando en jeans. Al parecer tiene reglas muy estrictas.

Un par de días de lluvia, muchas horas de putear porque no anda el wifi, muchos días de boludear en grupito, un par de restaurantes extraños y comidas muy ricas hicieron de Essaouira una de las partes más lindas y tranquilas de mi viaje por Marruecos.

Cuando ya sabía que se me estaba extendiendo demasiado la estadía, me puse a hacer planes para seguir viaje. La idea original, esa de empezar a subir, parar tres o cuatro veces más y cruzar a España en ferry, me empezó a dar cada vez más fiaca y me dí cuenta que iba a terminar demandando demasiada energía y plata.

Así que me decidí por la alternativa y me compré un pasaje de avión a Madrid, por 50 euros (contando los 20 de la mochila extra que llevo al pedo). Menos romántico pero más fácil. Y como el avión barato salía solo los jueves, finalmente lo terminé sacando para el 16, porque quedarme hasta el 23 me parecía demasiado para estar en el mismo lugar. Y ya tenía decidido no recorrer mucho más.

Con el pasaje en mano, me quedé un día más y me volví a Marrakech, a pasar los últimos tres días antes de viajar. Apenas bajé del bus, los 20 gritos de “taxi!” me hicieron darme cuenta que tal vez hubiese sido mejor quedarse uno o dos días más en la tranquilidad de Essaouira.

La callecita a la vuelta del hostel, típica de medina pero vacía.

Finalmente en lugar de viajar todo Febrero como tenía pensado, me voy a quedar solamente veinte días, pero igual me pareció un país interesante. Cansador, pero interesante.

No estoy seguro que, en la balanza invisible con la que mido todo, lo molesto que me resulta el acoso sobrepase las cosas lindas que se pueden ver o experimentar. Sobretodo en las grandes ciudades. Pero igual. Estos días de viajar como al principio de mi viaje me dieron muchísimas ganas de volver a Asia a seguir mochileando por allá. Esa sensación de “hay cosas que ya no me voy a bancar” desapareció. Demostrando que no todas mis certezas tienen la misma fuerza que el mar.

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