Esta semana en El mundo de Manu…

Primero lo primero: Un saludo al loco del Mundo de Beakman, a la rata Lester y a la minita que aparecía a veces que no me acuerdo como se llama, que me enseñaron más cosas sobre ciencia que mis maestros de escuela. Para ellos va este post.

Ahora sí. Bienvenidos al nuevo informe semanal de mis aventuras en Kyoto. No esperen que se repita, depende de como nos vaya en este piloto hay que ver si nos renuevan para una temporada completa o no.

¿Por qué de golpe el lenguaje televisivo? Porque estoy convencido que si filmara todo lo que pasa acá me llenaría de guita.

Empecemos con un miniresumen de la situación hasta ahora.

Como ya saben, volví a Kyoto hace unos días. Otra vez a empezar de nuevo, a relacionarme con un montón de voluntarios de todas partes del mundo y a laburar un poco. Ya tengo una minirutina de tres horas por día frente a la compu, que tengo que estirar y aprovechar para hacer proyectos propios y/o guita.

Pero por ahora es difícil. No me acordaba lo rápido que se me pasa el tiempo acá. Esta semana por ejemplo, pasó volando. Cuando me quise acordar ya pasaron diez días desde que llegué. Voy a ir diciendo algunas de las cosas que fueron pasando así medio al vuelo, según se me van ocurriendo.

Hace calor. Llueve. Hace calor. Que pesado el clima por favor. No me acordaba. El año pasado no era así, o no lo sufrí tanto. Aunque estuve acá en la misma época venía de más de tres meses del Sudeste Asiático y entonces estaba acostumbrado al calor pegajoso. Ahora que vine de Europa me molesta mucho más la humedad. Lo que sufro menos es la guita. Si bien todo sigue saliendo lo mismo, comparar los precios con Europa y no con Tailandia hace que todo me parezca barato. La vez pasada sufría un montón, y los voluntarios europeos me decían “sí, sí, Japón es carisimo”. Caraduras! Se gasta más allá para cualquier cosa. ¿Al volver tendré la misma sensación con Argentina? Les dejo la incógnita.

Salir a la noche sigue siendo divertido y no se sabe que puede pasar. Hay algo que solo me pasa acá y es que por alguna razón (que puede ser clima, alimentación o simplemente que bajo más la guardia) cuando salgo me pongo en pedo más rápido. Y al parecer soy una persona divertida cuando estoy borracho y de buen humor (dicen, no sé). Esta semana salí dos veces y siempre terminé con un grupo de gente desconocida bailando o cantando a los gritos en un karaoke. La primera noche que salí, por ejemplo, conocí unos bolivianos que viven por acá, nos pusimos a hablar con unas rumanas y nos fuimos a otro bar (los pibes con los que yo había salido se quedaron). Ahí hubo una secuencia muy confusa con un vaso de vino tinto y unos hielos que me llamaron la atención. Una de las rumanas se pidió una copa de vino tinto y le puso hielo. Yo le dije que el vino tinto no lleva hielo (como bien lo explica este video educativo) pero no le importó. Al tratar de agarrar el hielo del baldecito le erró al vaso y se cayeron algunos cubitos al piso. A modo de broma, levanté uno e hice como que se lo ponía en el vaso. En plan “si tanto te gusta el hielo acá tenés”. Y puso cara de asco y se me ofendió. A pesar de que el hielo sucio nunca tocó su copa no la quiso tomar más y exigió que yo le compre otro. Me reí, le dije que sí y me tomé el vino que ella dejó. Nunca se lo pagué.

Otra noche, que arrancó en el mismo bar y con el mismo grupo de gente, cuando todos se fueron me quedé con uno que habla japonés tratando de chamuyarnos dos japonesas. Iban como diez minutos de charla cuando me di cuenta que yo no hablo nada de japonés, que no estaba entendiendo una mierda y que participaba solo repitiendo palabras y asintiendo. Así que me di vuelta y me fui al baño. En la puerta del baño había un par de turistas bailando. Yo pedí permiso para pasar pero me dijeron que estaban esperando para entrar. “Ah, perfecto, es una fila bailarina” dije y nos pusimos a bailar. Buena onda las pibas, eran de Estados Unidos me parece. (“¿You are American? Me too. From the south. South America”). Estaban con un grupo de diez personas y nos fuimos todos a otro bar, uno con karaoke. Al entrar me adueñe de la tablet y empecé a poner los greatest hits para cantar a los gritos, usando mi experiencia karaokeril para que todos la pasen bien. Estuvimos un rato largo y cuando me di cuenta que ya era de día saludé y me volví cantando (bajito) bajo la lluvia.

Ustedes me conocen, yo soy un tipo serio. No sé porqué acá hago esas cosas.

La tercera noche, anoche, fue la más increíble. Yo no quería salir. No estaba en mis planes. Era un miércoles, y venía cansado por haber caminado por cinco horas el día anterior para ir a un templo con los pibes. Pero cuando me preguntaron no pude decir que no, total era cerca y podía volverme cuando quería. Iba a tomar una cerveza con los pibes nomás. Ese era el plan. La salida dentro de todo fue normal. Hubo un momento raro en el que una pareja nos pidió que bajemos la voz, como si estuviéramos en un restaurante y no en un bar con música a todo lo que da y otra escena rara donde tres turistas se nos pegaron y nos siguieron cuando dejamos de hablarles y nos fuimos a otro bar. Pero la anécdota que quiero contar, y con esto voy cerrando, es que cuando estaba volviendo, caminando y hablando boludeces con uno de los pibes que trabaja acá, nos vimos envueltos en una situación muy bizarra.

La gente está loca. Y no todo es lo que parece. Imaginen la siguiente situación: ustedes vienen caminando, a la noche y ven una pareja discutiendo. Parecen de 30 años como mucho. No saben que están diciendo, hablan en ponja, pero se nota que están borrachos por como les patinan las palabras. Ella grita desesperada, le pega, se quiere escapar. Él la agarra y la lleva con fuerza para donde está su auto, ella grita “no, no, dejame, dejame, que alguien me salve, ayuda por favor” (los subtítulos pueden ser estimativos). Se tira al piso, da vueltas. Parece un animé. ¿Qué es lo primero que se les ocurre ante semejante escena? Lo que yo le dije a mi amigo fue: “Esperá, no entiendo que está pasando ahí pero hay que separarlos”. Es natural que uno salte a defender y a calmar a la piba. Yo pensé que el tipo se la estaba llevando a la fuerza porque quería secuestrarla o violarla, o que le había pegado y ella se quería escapar, algo así. No podíamos no hacer nada. Nos acercamos para hablar, por que generalmente en esas situaciones una presencia extraña ya hace que se calmen un poco las cosas, y el japonés dice “lo que pasa es que está borracha”. Por más que esté borracha acá hay algo raro, dije yo (con cinco minutos de delay, a medida que mi amigo me iba traduciendo), llamemos a la policía. Toda esta escena ocurrió justo en la puerta de una estación de servicio. Mirando, parado lo más tranquilo, había un japonés cargando nafta sin inmutarse. Le pedimos que llame él a la policía y nos dice que sí, pero no hizo nada. A todo esto la piba está sentada llorando a los gritos, sin zapatos y con la cartera tirada por ahí, mientras el ¿novio? la abraza fuerte con las dos manos. Cuando nos acercamos a preguntar bien de nuevo si necesitan algo, ella aprovecha la distracción, se zafa y sale corriendo por el medio de la calle con todo el tráfico de frente. Quedan sus zapatos y su cartera tirada por ahí, y el novio los junta y los lleva para el auto que había quedado abierto y en marcha en el medio de una calle lateral. Mientras mi amigo va a buscar a la piba, que se había frenado en el cordoncito que hay en el medio de la calle, yo sigo al novio para anotar (sacarle una foto) a la patente del auto. Saco la foto medio de lejos y toda movida, pero se lee. Me doy vuelta para ir a buscar a la piba y a mi amigo y escucho que grita “nooo” y corre. Resulta que la japonesita había caminado por el medio de la calle hasta que se dio cuenta que estaba arriba un puente y arrancó a correr como loca para el borde para tirarse y saltar. Llegué corriendo yo también (30 metros, no mucho) y la frenamos entre los dos. Estaba como poseída la mina. Un metro cincuenta, super flaquita, pero que empujaba y manoteaba con una fuerza increíble para treparse al borde del puente y tirarse. No era un puente muy alto, no se iba a matar. Serían 40 metros, no sé. Pero caía a un rió con veinte centímetros de agua, se iba a romper toda. La frenamos un segundo y llega el novio a abrazarla de nuevo. La levanta en el aire y la mina patalea. Se trata de trepar al borde usando las manos y los pies y hace fuerza para caerse para el otro lado. Mientras mi amigo llama a la policía yo trato de ponerme entre la piba y el borde cubriendo la mayor parte del espacio pero sin tocarla para que no se ponga peor. Nos pusimos a esperar a la cana y a jugar un juego en el que ella se sentaba en el piso a llorar y gritar, se quedaba quieta, se levantaba de golpe y se trepaba al borde para saltar, nosotros la bajábamos, ella pataleaba, y así en un loop por cinco minutos. En el medio me ligué un par de manotazos por cerrarle el camino. En uno de los momentos de descanso bajo a la calle para mirar si viene la policía y veo un patrullero con las luces prendidas esperando tranquilamente a que el semáforo se ponga en verde. Muevo los brazos para que se anime a cruzar en rojo a las dos de la mañana pero no me da bola. Finalmente llega y baja del auto un viejito de unos setenta años que nos pregunta a nosotros cuál es la situación, mientras la mina sigue agarrada al borde y el novio sigue abrazándola para que no salte. Mi amigo, que por suerte habla japonés, le explica todo y finalmente llegan otros dos patrulleros y de golpe estamos rodeados por diez policías. Se ponen a hablar con la piba para tratar de calmarla, y parecen que tienen éxito por un rato, pero ella se acuerda del juego y arranca otra vez a correr para el borde. La tienen que frenar entre cuatro. Finalmente algunos policías se van con el tipo, otros se llevan a la mina (tardaron un montón en correrla del puente) y nosotros nos quedamos solos con tres patrulleros vacíos y en marcha y un japonés curioso que estaba viendo todo desde su balcón y bajó en ojotas y medias a ver que pasaba.

Sin que nadie nos dijera si nos podíamos ir, sin entender bien que había pasado, pero con la tranquilidad de saber que la mina ya no iba a poder saltar, decidimos ir a tomar una última birra antes de dormir.

Este es el puente, perdón por la captura de Google street view borrosa.

Una aclaración que quiero hacer es que cuando digo que salgo y me pongo medio en pedo, no es que me tomo seis tragos y hago cualquiera. No estoy tomando mucho. Lo máximo que tomo es una cerveza y un trago, y por ahí otro trago más si entramos a un segundo lugar. Pero son de esos que se toman por obligación y no por ganas. Aunque nunca lo dejo sin tomar porque una de las cosas que me enseñaron mis padres es que no hay que desperdiciar la bebida (?). Pero bueno. Hay algo en este país que tiene el pedo fácil. Pero no me pasa solo a mí. Miren este sino, que lo encontré un día a las 11 de la noche durmiendo en la vereda.

Y acá se termina este post. No tenemos tiempo para más. Quedaron afuera de los highlights de esta semana, por falta de espacio, algunas cosas como:

Una fiesta que organizó mi compañera de casa con sus compañeros de trabajo en la que vino una viejita japonesa a hacer takoyaki en mi cocina. Notas: es sorprendente lo rápido que cocinan, en quince minutos tenían todo listo, y me impresionó como tienen herramientas particulares para cada comida distinta que hacen. El takoyaki me parece algo muy rico si no fuera porque su ingrediente principal es pulpo. Son unas bolitas onda buñuelo de masa, rellenos con pulpo y con una salsa muy rica y mayonesa. El pulpo no tiene gusto a nada y de textura es como comer goma o plástico. No me gustó. Aunque si en el relleno le pusieran pedacitos de una colita de cuadril o de osobuco sería la-glo-ria.

Ver el atardecer en Fushiminari. Fuimos al templo más lindo de todos, al que ya fui como cinco veces, pero para variar fuimos caminando, llegamos, subimos arriba de todo, vimos el atardecer que según habíamos averiguado era a las 18:59 (llegamos 19:03) y paseamos en la oscuridad. Salimos a las cinco y media y volvimos a las once, y no paramos de caminar. Estuvo bueno. Sobretodo porque encontré un “convini” (supermercadito) que vendía sanguches de milanesa y huevo. Casi me muero de la alegría.

Descubrí de nuevo que soy bueno al metegol. Es raro, porque antes no jugaba mucho. Pero ahora que tengo el deber de representar a mi país en algo cercano al fútbol está bueno saber que estoy a la altura.

Y la novedad más importante, tal vez, viene de la mano del trabajo. Estoy intentando tramitar la visa de trabajo para quedarme unos meses, con la posibilidad de laburar para acá pero la flexibilidad de volver para allá aunque sea de visita unos meses y laburar remotamente. Si sale me darían plata por hacer esto que estoy haciendo ahora. Y mientras tanto tengo un par de sitios web para hacer, capaz que consigo un poco de guita extra y todo.

Aunque sigo sin saber bien que onda, que va a pasar a futuro y que voy a hacer el mes que viene, por ahora voy diciendo todo que sí y estoy en modo Milhouse con optimismo.

Todo marcha bien Milhouse!
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