Jet lag mental

Cuando uno viaja doce horas en un avión aparece en la otra punta del mundo. Con una diferencia horaria considerable, medio perdido sin entender si es de día o de noche, si el hambre es ganas de cenar o desayunar, si la sed es de agua o de cerveza. No es algo extraño. Hasta hay un nombre para ese fenómeno, jet lag.

Pero hay algo parecido que no tiene ningún nombre. Y es el resultado de viajar también, a veces muchas horas, en auto o en bondi, pero a veces pocas. No es una cuestión de tiempo de viaje. Pasa cuando cambiamos algunas condiciones. Al llegar a un país nuevo, donde se habla otro idioma aunque sea parecido. Al cambiar de compañía, de estar en grupo pasar a estar sólo, o viceversa. Al cambiar la forma y velocidad del viaje.

Si recién me hubiese bajado de un avión tendría la excusa perfecta para no hacer nada. Es el jet lag. Y me quedaría tranquilo los primeros días acomodándome sin hacer mucho. Pero es demasiado trucho llamarlo así. Teniendo en cuenta que no fueron ni seis horas en auto. Pero algo tengo. Jet lag mental.

Ya no estoy en el país vasco, el lunes 26, después de Navidad, me vine a Lisboa. Así, medio a las apuradas (tenía la idea pero compré el pasaje el 24).

Uno de los problemas de viajar tan despacio, es que a veces uno se queda sin cosas para contar en el blog. No significa que no la haya pasado bien. Al contrario, con el dueño de casa y el otro argentino, que también fue a visitarlo en la misma época que yo, nos la pasamos boludeando todo el día. Los días se me pasaron rapidísimo. La pasé re bien salvo cuando me hacían jugar al monopoly que perdía como en la guerra (no sirvo para esos juegos capitalistas)

Para el 24 hicimos carne argentina al horno con puré y varias cosas más. Estuvo rico y entretenido. Pero algo que me llamó mucho la atención es que nadie estaba pendiente del reloj cuando se acercaban las doce.

En navidad, los españoles no brindan a las doce en punto como hacemos nosotros. No se apuran en comer rápido para estar libres para el brindis, no te sacan el vaso de fernet a medio tomar para darte una sidra en copita de plástico, no despiertan al abuelo que ya se había quedado dormido y no se ponen a discutir por unos largos instantes si «ya es la hora», «no, yo todavía tengo y cincuentinueve», «a mi me dice y dos», para terminar poniéndose de acuerdo finalmente en decir casi al unísono «¡poné Crónica, querés!» mientras el más avispado de la familia ya estaba buscando el control remoto hace rato.

No existe ese ritual de cortar las frases a la mitad cuando Crónica lo avisa. Esos momentos de ¡feliz navidad! donde todos se abrazan en turnos y se repiten deseos automáticos mientras piensan en realidad en los manís con chocolate (los buenos) y quien se los está por cagar.

Sí lo hacen en año nuevo, lo cual tiene más sentido, porque a las doce cambia el año, y en navidad a las doce no cambia nada. Pero bueno, se pierden un lindo momento.

Igualmente en Navidad a las doce cumplieron la tarea de brindar conmigo y después nos preparamos para salir.

La salida, que ya me habían anticipado, era ir a jugar al bingo. ¡al bingo! un bingo clandestino en navidad.

Por supuesto que después de los primeros momentos de duda, la idea me iba gustando más y más. Me imaginaba un montón de viejas con algunas copitas de más, gritando bingo a cada rato y discutiendo por cualquier cosa. Además estaba la posibilidad de ganar 300 o 400 euros y, si era como en Argentina, ver alguna pelea de vascos borrachos discutiendo por un número.

Pero cuando llegamos fue una desilusión.

Primero que no nos dejaron entrar. Era en el bar de siempre (el único del pueblo me parece) y ya estaba lleno, y habían empezado a pesar de que se supone que nos iban a guardar un lugar.

Pero eso no era lo raro. Lo raro era que estaba lleno de gente joven, 30 años como mucho.Tomando cerveza y escuchando música pero todo iluminado y jugando al bingo. La misma gente que todos los fines de semana va a ese lugar para bailar reggeaton o lo que sea que pasen, sentados todos en mesitas jugando al bingo. Ni una vieja a la vista. ¿Quién puede imaginarse un bingo sin viejas? solo los españoles. Nos fuimos a los dos minutos, medio enojados porque la cuadrilla no nos había guardado un lugar.

Por suerte había otros bares abiertos, pero, que cosa rara. Porque para todo esto eran las doce y veinte. Esto quiere decir que hubo gente que empezó navidad ya sentada en ese bar jugando al bingo. Y después vos decís que las navidades en lo de tu familia son extrañas.

Pero volviendo un poco al tema, el mismo 24 me saqué un blablacar para Lisboa. Es que por mi falta de organización total y no saber que iba a hacer o cuando, todo el mundo del país vasco se iba después de navidad a Granada a pasar el año nuevo en el sur, y yo no tenía lugar y ya era tarde para sacarme pasaje de bus o avión.

Por suerte una amiga de Lisboa, donde yo ya tenía pensado ir después, se copó y me dejó venir antes, con invitación a pasar el año nuevo con amigos y todo.

Como mi amiga no iba a estar los días previos a año nuevo por laburo, si o si tenía que ir el 26. Por suerte había un blablacar para ese día y, como ya dije, el 24 lo reservé.

Gran invento blablacar. Enganché unos que salían de un pueblito cercano y que iban para Lisboa de vacaciones, así que me pasaron a buscar por donde estaba parando a las 7 de la mañana. Menos mal porque ir a otra ciudad a esa hora hubiese sido un problema.

Era una parejita de vascos muy buena onda y fuimos hablando casi todo el camino. Alrededor de las dos de la tarde cuando llegamos (restándole una hora al reloj, porque España tiene el horario atrasado por culpa de Franco y sus ganas de tener la misma hora que Berlin) hubo un pequeño accidente de tránsito.

Además de un montón de cosas en el auto (tipo comida y demasiada ropa para dos semanas) venían con una moto, atada en un carrito detrás. Era una buena idea, para recorrer tranquilos todo Portugal en la moto.

Pero justo cuando estábamos saliendo de la autopista para entrar a Lisboa, el pibe que manejaba hizo un giro muy brusco y la moto se puso de costado y al carrito se le hizo mierda un rueda. Así que paramos a ver que onda y nos dimos cuenta que se había desarmado todo el carro y roto el eje de una rueda.

Igual la solución fue simplemente llamar a la grúa, y mientras esperábamos que venga (60 minutos) nos cruzamos a comprar algo para morfar a un McDonalds. Ningún problema.

Esperando la grúa

Yo mientras tanto estaba hablando con mi amiga, que justo ese día no trabajaba, y se copó y me fue a buscar hasta ahí. Cuando llegó (antes que la grúa) saludé a los pibes y agarré todo. Menos mi campera y un gorrito que me había regalado papa noel.

Con el apuro me olvidé esas cosas en el auto. Me di cuenta recién seis horas después, pero al día siguiente lo recuperé gracias a que los pibes me lo acercaron en la moto. Punto para blablacar, eso con un bondi no pasaba.

Ya desde la primera recorrida en auto Lisboa me pareció una muy muy linda ciudad. Venía con expectativas altas, en base a lo que me habían comentado, y la verdad que parece que por ahora la ciudad cumple.

No la recorrí demasiado. Ese primer día dimos un par de vueltas y después de venir al depto a comer (mi amiga vive en las afueras de la ciudad, a media hora) fuimos a lo de una amiga de ella a saludar. Es que ahí y con esa gente vamos a festejar año nuevo. Todos muy buena onda a pesar de que cuando hablaban en portugués mucho no les entendía. Pero hacían el esfuerzo de hablar en inglés o castellano, incluso cuando hablaban entre ellos, así que todo bien. Yo estaba super cansado de viajar todo el día y medio mareado con el idioma, porque todo el mes pasado estuve demasiado acostumbrado a hablar en argentino.

Y por eso digo un poco lo de jet lag mental también. Porque ahora estoy en ciudad nueva y tengo que recorrerla a lo turista, no tengo ganas. Tener que salir a tomar un bondi, tener que ver donde comprar comida, me da fiaca.

Estuve tres días acá nomás. Pero el primero ni salí. Después de recuperar mi campera y el gorrito me quede adentro sólo en el departamento. Y es que me di cuenta que hace mucho tiempo, casi dos meses, que no estoy realmente sólo y tranquilo para no hacer nada a mi ritmo. Todo este último tiempo estuve, o en un hostel como en Barcelona, o en grupo como en el país vasco. Ahora lentamente me estoy acostumbrando de nuevo. Por suerte estoy acá tranqui en un departamento re lindo, super cómodo, y cerca de una ciudad enorme con miles de cosas para ver.

Lisboa me parece una ciudad hermosa. La capital europea más linda que visité hasta ahora. Pero particularmente en estas fechas está llena de turistas, que se nota demasiado que están de paso. Uno no termina de entender si saben bien lo que están mirando o si solo pasean. Si se sacan una selfie con la estatua de Fernando Pessoa porque saben quien es o porque pueden nomás. Si van a la librería más vieja del mundo a propósito o si entran porque están de compras y pasaron por la puerta.

Yo siempre pensaba que Buenos Aires, que San Telmo, estaba lleno de turistas. Viajando me di cuenta que nada que ver. Que hay lugares, como Lisboa por estas fechas, pero como cualquier ciudad grande europea seguramente, que tiene tantos turistas que no se puede caminar, que no se puede disfrutar del todo y que corre a todos los locales de su lugar.

Igual este no es un post sobre Lisboa, obviamente. Por todo lo que conté antes y porque ando con jet lag mental como para ponerme a escribir. Tengo el tiempo, si, pero no tengo mucho para decir todavía. Me guardo el post para después. Cuando pueda explicar un poco más las sensaciones, recorrerla entera, e ir barrio por barrio a sacar lindas fotos.

Me lo guardo para cuando termine de leer Libro del desasosiego en la playa mirando el mar, o para cuando pueda entender de que hablan dos vecinos chusmeando, cada uno desde su ventana a cuatro metros de altura, mientras cuelgan la ropa en el barrio de la Alfama.

Mientras tanto algunas dejo algunas fotos sueltas y la certeza de que en Enero voy a vivir en Lisboa un tiempito, a ver que onda.

Imposible que la ciudad de Lisboa no me caiga simpática
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