La historia de Julián (II)

Capítulo II: “Cambiar el mundo”

Cuando volvía para el metro pasó por la puerta del drugstore, y se encontró que la adolescente que lo había chocado más temprano estaba sentada en el cordón de la vereda.

— ¿Y? ¿Conseguiste que te vendan cerveza? — preguntó Julián. 
Ella lo miró sin entender. Evidentemente no lo había reconocido. 
 — Hoy a la tarde, estabas tratando de comprar cerveza y me chocaste al salir. — insistió él.
Ella lo volvió a mirar fijo, con una ceja levantada. Como decidiendo si le hablaba o lo ignoraba. 
 — Tenes razón, disculpame. Lo que pasa es que el boludo aquel... — empezó a decir mientras señalaba para adentro del local — . No sé que se cree el forro. Me faltan un par de días y ya cumplo 30, ¿sabés? No sé que le cuesta venderme ahora.
Julián la miró y le dijo: 
— Lo que pasa es que si hace eso se mete en un quilombo al pedo, por una cerveza, la verdad que no vale la pena. Ni para él ni para vos. ¿Cómo te llamás?

A ella no le gustó nada que él justifique al vendedor. 
 — Qué te importa flaco, hace la tuya. — le contestó.

Hay veces en las que uno hace cosas sin saber bien por qué las hace. Son momentos en que el inconsciente toma el control y si uno después se pone a pensar le encuentra una justificación totalmente válida. Julián pensaba en esto mientras salía del drugstore, con dos cervezas en la mano.

Se acercó a la chica y ofreciéndole una le dijo: 
 — Tomá, empecemos de nuevo. Yo me llamo Julián. ¿Y vos?
Ella dudó otra vez. No se la veía convencida pero la cerveza la tentaba. La agarró con un movimiento rápido y se tomó un tragó. Después contestó:
 — ¿Cómo te va? Yo soy Tefi. ¿Qué me querés vender? Tenés tiempo hasta que termine la cerveza.
Julian sonrío y se sentó despacito al lado de ella.
 — No te quiero vender nada. — tomó un trago y siguió — : Me llamó mucho la atención hoy como protestabas y querías que el vendedor haga algo ilegal, sabiendo que eso es imposible. ¿Por qué lo hiciste?
Ella se encogió de hombros y no respondió. 
 — ¿No sabés o no te importa? Ese acto de rebeldía, por más boludo que fuera, es algo que hace muchos años que no veía. — dijo Julián. 
 — Se ve que no salís mucho entonces. — dijo ella con una sonrisa a medias. 
 — Si, puede ser. Pero igual, no me vas a decir que ahora todos son así como vos...
 — ¿Así como yo cómo? — Interrumpió ella. 
Julian suspiró. — Vamos Tefi. ¿Tefi era tu nombre, no? ¿O tu apodo? — preguntó tratando de salir del paso. 
 — Tefi es mi apodo, no el apodo legal pero sí el que me gusta. Algún día voy a hacer el tramite para cambiarlo. — dijo ella, y tomó un trago rápido, apurada para terminar la cerveza y seguir camino.
 — Es lindo. Yo dejé de usar mi apodo cuando me jubilé. — recordó Julián — Lo que estaba tratando de decir, Tefi, es que hoy los adolescentes se visten todos iguales, con esas ropas transparentes y llenas de leds, con los pelos peinados para arriba y pintados de muchos colores. Y vos estás como salida de una película antigua, de las de mi época. — y rápido agregó, antes que se enoje — Pero te lo digo bien eh, me gusta, te queda muy bien el pelo corto. Y mejor la rebeldía. Además definitivamente hay algo mal con los adolescentes de hoy.
 — Sí, puede ser, — dijo ella sonriendo — tenés razón. ¿Y vos que onda? Me querés levantar? ¿Te gustan las pendejas?. 
 — ¡No! —se apuró en decir — Nada que ver. Quería hacer algo por alguien para variar un poco sabés. Ya tengo 149, me estoy por morir, me quedan nueve días de vida y ya no sé qué hacer. Me la paso el día mirando la pantalla y no veo la hora que llegue el momento.
Ella lo miró un poco más seria y contestó:
 — Yo si me estuviera por morir, dejo de tomar la pastilla y me voy a probar todas las drogas que pueda conseguir.

Eso era algo común, como la pastilla negaba el efecto de todas las otras drogas, nadie consumía nada.

— Mirá, no es tan fácil dejar de tomarla, con la abstinencia y eso… además, ¿dónde podría conseguir drogas alguien como yo? — dijo Julián, y por un momento se imaginó por zonas turbias preguntándole a cualquiera si le vendía droga, cualquier tipo de droga, y sonrió. 
Ella se ve que pensó lo mismo, porque dijo medio jocosa:
 — Sí, no te veo. Vas a terminar sin tus ahorros y fumando yerba mate. Igual, si ya viviste 150 años ya está, hiciste todo lo que podías hacer, ¿qué más necesitás? — dijo, y tomó el último trago largo de su botella vacía. — Hasta le convidaste cerveza a una extraña.
Julián notó que ella se estaba por levantar pero decidió seguir hablando:
 — Al contrario ¿sabés? Justamente mi mayor problema es ese. No hice nada útil, no hice nada trascendente. Me voy a ir y nadie me va a extrañar, nadie se va a dar cuenta que me fui. No te digo que quería cambiar el mundo, pero dejar una huella al menos.
Ella dudó. Su cerveza ya estaba terminada, podía irse caminando tranquila y dejarlo a él con sus problemas, pero algo hizo que se quede. Inclinó la botella y la miró de costado, como para confirmar que estaba vacía, y dijo:
 — Eso lo decís ahora porque ya te olvidaste todo lo que hiciste. Además es normal que sientas eso, les pasa a todos. ¿No leíste el newsletter que te manda el Estado?
 — Sí, lo leí. — dijo él riendo — Por culpa de ese newsletter de mierda fui a bailar a L’Arc hace un rato, debería haberme quedado en mi casa. ¿Vos cómo sabés de ese newsletter?
Ella lo miró y después de unos segundos contestó: — No importa. ¿Al final qué vas a hacer entonces? Para cambiar al mundo digo, en estos días que te quedan. 
 — Ya no se puede hacer nada en tan poco tiempo. No puedo inventar ni descubrir nada. Todo lleva tiempo, que no tengo.
 — Algo científico ya no podes hacer, es verdad, pero ¿algo artístico? Hay gente que de la noche a la mañana hizo obras hermosas. Y eso perdura en el tiempo.
 — No sirvo para nada, nunca fui bueno para esas cosas. — dijo Julián.
Ella se paró, se sacudió un poco el polvo y dijo: 
 — ¿Pero si no lo probás cómo vas a saber? Mirá JetBoy. Era un desconocido que de golpe saltó a la fama con las historias que contaba en el Dreamer. Era grande ya, y nadie suponía que el tipo tenía tanto talento. Pero ahora es una estrella. ¿Vos viste cuánto sale ir a verlo en vivo? Dicen que nunca cuenta la misma historia dos veces, improvisa siempre. — contó entusiasmada. 
 — ¿El dreamer es ese aparato que proyecta tus pensamientos? — pregunto él. 
 — Sí, ese. Mi amiga Fez trabaja en un bar con open mic donde hay uno para que la gente vaya e improvise. Se llama Newprov. Andá y probalo, total…
 — ¿Newprov? Puede ser. Después lo miro. No me llevo bien la verdad con estas tecnologías novedosas, pero no tengo nada que perder.
 — Si vas a ir andá mañana que hay menos gente, nadie va los domingos con los cientos de partidos de fútbol que hay para ver. Decile a Fez que vas de parte de Tefi así no te hace esperar tanto — dijo ella y se dio media vuelta y se fue. 
 — Chau, nos vemos. — alcanzó a decir él, casi al aire.

Julián volvió a su casa pensando y reviviendo la conversación en su mente. ¿Nos vemos? ¿Y esta Fez quien será? ¿Cómo hago para decirle a alguien que no conozco que voy de parte de esta piba que vi un día nomás?

Conocía de nombre a este Jetboy, era muy famoso, pero tenía que investigar más. Apenas llegó, buscó un poco y resultó ser que Tefi tenía razón. El tipo de la noche a la mañana se había hecho famoso y se había transformado en un artista de culto que cobraba dos mil créditos la entrada a cualquier espectáculo. De su imaginación salían historias fantásticas y maravillosas que eran únicas e irrepetibles. Y pensar que antes de conectarse a un Dreamer por primera vez, a los 123 años, el tipo era un oficinista cualquiera. Julián no sabía si tenía imaginación, pero podía probar. Además, si de algo estaba seguro, era que en una noche de open mic en un bar, ninguno de los participantes iba a tener talento.

Con esa idea en la cabeza se fue a dormir atento, a ver si cazaba algún sueño que le sirviera de inspiración.

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