La historia de Julián

Capítulo 0: “Esa puta pastilla” (y prólogo innecesario)

Capítulo 0: “Esa puta pastilla”

Como todas las mañanas Julián se despertó cinco minutos antes de que suene la alarma. Se levantó rápido pero sin prender ninguna luz, tratando de no despertarse del todo. Al entrar al baño, el espejo se iluminó automáticamente mostrando el siguiente mensaje en letras rojas:

La puta madre, todos los días lo mismo, pensó. No sabía muy bien por qué seguía levantándose temprano y mirando la pantalla. Este puto espejo y esta puta pastilla. No debería tomarla más.

Hacía ya varios días que repetía los mismos movimientos. Estaba mentalmente bloqueado. Atravesaba lo que los especialistas llamaban «síndrome de los últimos días». Pero era algo natural, le pasaba a todo el mundo en su situación.

De forma mecánica puso el dedo sobre el espejo, recibió la pastilla de un tubo, y se la tomó.

Esa puta pastilla, como le decía él, se llamaba Magyca. Y era lo que le había permitido vivir casi 150 años. Se había inventado, o comercializado, en el año 2050.

Para ese entonces la ciencia ya había avanzado lo suficiente como para curar la mayoría de las enfermedades simples. Pero la pastilla vino a revolucionar todo. Después de muchos años de desarrollo, que incluyeron escándalos, espionaje y juicios; se entendió y desbloqueó por completo el genoma humano, el mapa del cuerpo. Cómo era el proceso de crecimiento a partir de una información genética en particular. Dejó de ser un misterio y pasó a ser un negocio.

Lo primero que se comercializó fue la generación de órganos a pedido. Julián recordaba muy bien la esperanza que le dio la noticia en ese momento. Después vino la selección de genes para los nacimientos. Y finalmente se logró sintetizar en una pastilla la juventud eterna. Mediante una simple dosis diaria de Magyca, el cuerpo recibía la orden de regenerarse. Las células dañadas se curaban y así ninguna enfermedad conocida hasta el momento podía sobrevivir.

Cuando la pastilla se masificó, de la mano de Pharmacorp, después de algunos meses de prueba y algunos hechos muy turbios, la fuente de la juventud eterna, el Santo Grial, estuvo al alcance de la mano de cualquiera. Simplemente alcanzaba con tomarse una aspirina todos los días, para estar siempre sano, fuerte y joven.

Pero — siempre hay un pero — se descubrió que no todo el cuerpo era regenerable. Había una parte ínfima del cerebro que no se veía afectado por la pastilla. Algunos lo llamaban el alma, otros la conciencia, pero se podía llamar de muchas formas. Había algo, eso que te hacía ser vos, que no se podía trasplantar. Que a los 150 años exactos de funcionar sin parar decía basta, y se acabó.

Mas de cien años después, el problema continuaba. La iglesia siempre dijo que no se va a poder solucionar nunca, que justamente lo que fallaba era algo que Dios hizo a propósito. Como un seguro, por si nosotros nos avivábamos y le hackeábamos el código fuente. Algunos más escépticos dicen que la cuestión no se va a solucionar nunca simplemente porque nadie quiere vivir para siempre, con todos los problemas burocráticos que eso traería.

Lo importante es que cuando llega a los 150 años exactos de funcionar sin parar el cerebro se apaga. Y esto le estaba por pasar a Julián. Había nacido el miércoles 25 de noviembre de 2020 y se iba a morir el domingo 25 de noviembre de 2170.

Y estaba preocupado.

Prólogo

Esta es la historia de una idea que tuve cuando era pibe. No me acuerdo bien cuando fue que se me ocurrió, si la idea original vino de golpe o si se fue formando de a poco. Lo que sí me acuerdo es que para cuando tenía trece años ya la tenía en la cabeza. No tenía la misma forma que ahora (ni yo ni la idea) pero me parecía super interesante (sólo la idea, yo no).

Era una idea sin mucha forma pero siempre presente. Cada vez que tenía que inventar algo pensaba en usarla. En una época iba a ser la base para un cuento, después para una aventura gráfica de PC, después para una película. A medida que iban cambiando mis intereses la idea mutaba de medio, pero siempre estaba. Por años desaparecía para de golpe volver con algo nuevo, o algo prestado. Recuerdo haber intentado algo con el IndyJava allá por el 98 (un sistema para crear juegos muy básico. Todavía esta arriba la web en Geocities). Me acuerdo tambíen de dudar si contar o no la historia para mi primer trabajo práctico de la facultad donde teníamos que hacer algo similar a un corto. Finalmente desistí de todo, más que nada porque la idea en ese momento no tenía más que un esbozo de personajes o de cómo tenía que ser el universo con un par de escenas puntuales definidas. Pero siempre me pasaba que de vez en cuando veía algo nuevo (una serie, una peli, un libro, una noticia) y pensaba: me están cagando la idea, me tengo que apurar.

Aunque no era una idea genial. A medida que fui creciendo me di cuenta de todas las cosas que le faltaban, de todos los agujeros que tenía. De que más que una idea para una historia era simplemente un escenario. De lo poco realista que era, científicamente hablando (aunque era de ciencia ficción, pero yo no leería algo con la premisa tan equivocada). La deje ahí abandonada y por un tiempo no la volví a pensar.

Pero en 2014 pasó algo raro. No entiendo bien que fue lo que me llevó a eso, pero en octubre de ese año, en mi viaje a Perú, escalé una montaña. Así como lo leen. Hice el trekking de Choquequirao. Cuatro días caminando sólo en la montaña, subiendo y bajando para llegar a ver las ruinas esas. Sin guía, sin una mierda. Con todas mis cosas a cuestas (aunque fui dejando mucho por el camino y después lo recuperé a la vuelta). Puteando todo el camino y pensando quién me manda a mí. Pero cuando estás ahí, subiendo la montaña en zigzag bajo un sol de la concha de su madre (porque a tres mil metros de altura pega fuerte), te das cuenta que ya es imposible volver, que la única forma de llegar es seguir caminando, pasito a pasito, vuelta a vuelta y sin pensar en todo lo que falta (porque la montaña esa puta no se terminaba más). Años de terapia resumidos en ese par de días.

Para cuando volví estaba por empezar noviembre. El mes de NaNoWriMo. Antes ya venía con ganas de participar en eso, pero me parecía demasiado laburo. Escribir cincuenta mil palabras en un mes. Pero después de Choquequirao ya no me parecía tan difícil. El problema era sobre qué escribir. Alguna idea que se banque algo tan largo sin que yo me aburra en el proceso.

Y ahí estaba la vieja idea abandonada. Esperando todavía. Haciéndose la difícil primero pero aceptando enseguida. Yo no la quería usar porque pensaba que la iba a arruinar. Como idea sin definir era perfecta, ponerla en papel (o en pantalla) era destruirla un poco. Como pasaba con todas las minas lindas que me cruzaba en el bondi, hasta que les sonaba el celular y se ponían a hablar en voz alta. La idea que tantos años me había acompañado no se merecía eso. Pero no se me ocurría otra cosa, así que la tuve que usar igual.

Lo que siguió fue un mes de escribir todos los días, de armar una historia con las pocas cosas que tenía pensadas y llenarla de clichés y comentarios boludos para no bajar la cantidad de palabras y poder llegar a fin de mes. Lo conseguí, pero una vez que terminé la dejé ahí abandonada de nuevo y prometí algún día volver a mejorarla.

Hace tiempo cuando andaba por Tailandia un día sin tener nada que escribir en el blog me volví a acordar de la idea. Agarré el kindle, donde tenía una versión de lo que había escrito y, si bien seguía igual de mal escrito, me resultó tan interesante que me la leí de un tirón. Pensé que valía la pena reescribirla en algún momento con tiempo. Pero seguí viajando y me colgué.

En noviembre de este año, cuando estuve en Marsella y fui al castillo de If, me acordé que esos días en Cuzco estaba terminando de leer El Conde de Montecristo. Habían pasado dos años exactos desde NaNoWriMo y, sabiendo que es imposible que me ponga un mes entero (o más) de nuevo a escribirla como se merece, se me ocurrió ir haciéndolo de a poco. Soltando capítulos semana a semana cómo si fuera una serie. Cómo El Conde de Montecristo.

Voy a ver si me sale. Si me banco escribir un poquito todas las semanas y no la dejo por la mitad. Es cuestión de ir paso a paso, capítulo a capítulo y ver que onda. El principal problema es que me cuesta un montón cambiar lo que está escrito y darle otro estilo. Lo que está ahora es una mezcla de las cosas que pensaba a los trece años con las que escribí hace dos. Y sé que es necesario modificarle un montón de cosas. Que por ejemplo todo el primer capítulo se podría borrar e ir explicándolo a medida que la historia arranca más adelante, o que la premisa sigue sin tener sentido porque el genoma humano no funciona así. Pero no puedo evitar dejar todo como está. Como manteniendo una lealtad boba al pibe ese del pasado que pensó la idea. Tengan eso en cuenta si se ponen a leer.

Veremos que pasa y en que termina, en que termina, en que termina.

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