Los problemas de viajar mucho

Este post va a sonar a quejarse de lleno, y puede ser, pero ahora que me volví a Tailandia descubrí un gran problema.

Todo empezó cuando, como siempre, fui a comprarme una cerveza fría apenas llegué al país. Es parte de mis rituales de llegada, lo primero que hago al salir a la calle una vez que dejo las cosas en el hostel. Fui al 7/11 y la puerta se abrió como recordaba. Al cruzar esa linea invisible se escuchó el sonidito del timbre que uno de tanto escuchar en este país aprende a presentir. Hasta ahí veníamos bien. Estaba de vuelta donde había arrancado el viaje. Pero cuando llegué a la heladera descubrí un problema.

Me robé la imagen de Google, perdón.

La botella grande, de 600 creo, salía 56 bahts. No sé si aumentó, pero yo tenía la idea de que era barata. Y ahora resulta que no. 56 bahts equivalen a 1.45 euro, o 27 pesos al momento de escribir esto. Vengo de lugares donde gastar más de un euro por una lata me parece caro. Igual la compré. Y ahora viene el segundo problema: no me gustó. Me pareció muy berreta. Si hace una semana nomás estaba en Rumania, o unos días antes en Budapest, tomando cerveza tirada de muy buena calidad y por un euro el medio litro. O comprando latitas en el super por 0.60.

Y mientras me tomaba esa Chang, antes de que se caliente y se ponga horrible, me di cuenta que Europa me había arruinado la cerveza (y eso que no pasé por Bélgica o Alemania). Que ya no podía disfrutar ni el precio ni el sabor de algo que antes era uno de los principales beneficios de este país. Lo mismo me había pasado cuando volví la otra vez después de estar en Camboya y su insuperable precio de happy hour de 0,25 usd por porrón.

Entonces me puse a pensar que más se me arruinó así por tanto viajar, por tener tantos argumentos para comparaciones odiosas.

Por ejemplo Italia me arruinó los helados. Definitivamente. Me di cuenta que desde que me fui de ahí no compré más en ningún lado, incluso en países vecinos. Eran más caros, y no iban a ser más ricos. Si lo pienso en frío me doy cuenta que es una boludez, ¿que voy a hacer? ¿no tomar más un helado en mi puta vida? Bueno, no, me acostumbraré a dejar de comparar. Pero la idea de cenar helado, por más que acá en Tailandia hacen más de treinta grados, ya ni se me cruza por la cabeza como todos los días italianos.

Grecia me arruinó un poco la comida callejera. Desde los días de Atenas y sus Souvlaki/Gyros/Kebabs exquisitos a dos euros que cada vez que tengo que pagar lo mismo o más por cualquier cosa mal hecha, con menos ingredientes y mucho más chiquita que muero un poquito por dentro.

Bueno, y así. Hay un montón de ejemplos. Cada país y cada experiencia nueva va arruinando un poquito más el disfrute de lo que está por venir. No voy a seguir detallando porque tendría cosas para decir de cada país, y no solo cosas materiales. Entonces… ¿Qué pasa si trasladamos esto a la gente o a las experiencias? Mil veces dije en voz alta que no me gustaba el ambiente de los hostels de Europa, que es gente que va de vacaciones con todo planeado, que está dos días a full y se va al siguiente destino. No es como en el sudeste, donde todo es más relajado. Y es verdad, y extrañaba eso. Y ahora que estoy acá de nuevo lo veo. Sigue estando. Es más fácil ponerse a hablar con cualquiera en los hostels, todos están viajando hace mucho o sin un plan definido. No es una zona donde la gente venga de vacaciones con los boletos de tren sacados para todo el viaje. Me llevo mejor con esa gente, alguien que te podés cruzar tres días seguidos en la playa antes de acercarte a hablar. Que está todo bien y después no nos vemos más hasta que nos cruzamos en la siguiente ciudad en un par de semanas. Pero tengo que estar atento a que no me pase lo mismo que con la comida. Sería un bajón ir por ahí evitando experiencias sólo por saber que no se van a comparar con las que ya pasaron.

No es algo nuevo que recién ahora descubro. Pero ahora identifiqué que lo vengo haciendo hace mucho sin darme cuenta. Después de Koh Rong Saloem no me metí más al mar. Tuve que volver a esta zona para encontrar ese agua calentita a la que me había acostumbrado. Y eso que estuve en un montón de islas en estos últimos meses, con frío y calor.

Otra cosa que me sorprendió, para mal, es el olor feo a aceite refrito e ingredientes raros que hay todo el tiempo por las calles tailandesas. No por desconocerlo, ojo, me sorprendió que me lo haya olvidado tanto. ¿Cómo puede ser que en todo este tiempo pensar en Tailandia, o el sudeste, no me hiciera acordar ni un poquito del olor? Hay que tener cuidado con esas cosas, ¿qué otras cosas me estaré olvidando? Hay que asegurarse de tener los anteojos puestos al mirar para atrás.

Pero no todas las sorpresas de esta vuelta son malas. Al día siguiente de llegar a Bangkok, me vine para la playa. En una muestra de que en verdad algunas cosas funcionan como recordaba, me levanté y sin nada reservado me fui. Todavía estaba cerca del aeropuerto así que me tome un bus hasta la zona de metro/tren y ahí en una estación de tren fui a la boletería a sacar un pasaje a Hua Hin, sin saber a que hora pasaba el tren o cuanto costaba. Eran 90bahts (2.3 euros) y venía en 10 minutos. Y remarco el precio porque acá lo que hay que destacar no es que era barato, sino que fui sin que me importara cuanto salga, lo iba a poder pagar igual. Después de un viaje de cuatro horas en el que tuvimos que frenar tres veces para que alguien se baje a echar animales de las vías, en el que pasaron mil vendedores vendiendo todo tipo de cosas por dos mangos, y en el que la vieja que viajaba al lado mio me pidió que nos saquemos una selfie, llegué. Conseguí wifi, busqué en Booking y aparecí en un hostel medianamente lindo que me cobró 3 euros la noche. Ese día salí a caminar y me compré unas ojotas (las anteriores las había abandonado tiempo atrás en Atenas cuando cambié la mochila por valija) y desde ese momento no me puse más las zapatillas. Al otro día me compré una malla y me metí al mar.

Y descubrí que sigue siendo cierto eso de que cuando uno se mete al mar (al menos en el golfo de Tailandia) y hace la plancha se olvida de todos los problemas. Que se puede ser feliz con muy poco y que no hay que andar dudando tanto.

No es Kolanta, pero es lindo igual. (Perdón por la calidad chota del celular)

El baño (de humildad) me viene en un buen momento, entrar al agua fue algo así como lo que deben sentir los goleadores al meter un gol después de una sequía. Sacarse la mufa, resetearse. Saber que se puede dejar de mirar para atrás y que lo mejor está por venir.

El domingo me vuelvo a Kyoto. A quedarme quieto por, como mínimo, tres meses. A laburar en ese workaway que tan bien la pasé, aunque ahora sabiendo que es muy probable que no la pase igual de bien. Pero no importa. No hay que hacer comparaciones odiosas. Voy por las cosas simples y los detalles, a disfrutar de otra manera sabiendo que ya no tengo el apuro por viajar y recorrer. El tiempo, otra vez, casualidad, dice que voy a llegar casi en el mismo momento que el año pasado. Pero una cosa es el momento que marca el calendario y otra distinta los momentos personales. Ya no llego arrancando el viaje, ya recorrí lo que tenía que recorrer. Vamos a ver que pasa.

Mientras tanto tengo estos días para meterme al agua, pasear por night markets y sentirme Ricardo Fort por tener 30 euros en el bolsillo (lo que quiere decir que puedo ir a restaurante, sentarme por más que sea turístico y pensar en comer hasta lo más caro del menú, que no pasa de 10 euros ni de casualidad)

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