Los riesgos de viajar Low Cost y enojarse por boludeces

Todo empezó en un hostel en Essaouira un día de lluvia. No hay que tomar grandes decisiones sobre un viaje, ni sacar pasajes de avión, en un día lluvioso. Yo ya lo sabía, pero esta vez hice un excepción.

Pasé los últimos tres días de viaje por Marruecos en Marrakech otra vez. Pero a diferencia de las otras veces, saber que me iba me daba cierta libertad. Descansando de día en la terraza del hostel, tomando sol. Saliendo por las noches a pasear. Conocí otra parte de Marrakech, la parte de la “ciudad nueva”, totalmente distinta a lo que se vive dentro de la medina. Calles amplias con lugar para caminar, gente que se viste lo más occidental posible, tiendas donde comprar ropa cara y bares que venden alcohol. Con los pibes que conocí en Essaouira fuimos a la casa de un marroquí buena onda que después de un poco de shisha y un par de vinos, nos llevó a un bar medio bizarro, con mesas onda cumpleaños de quince, un animador que cantaba desafinando a los gritos y putas que nos miraban ilusionadas desde la barra. Tomamos un par de cervezas a precio japonés y nos fuimos rápido a un lugar donde se pudiera hablar.

Esa última noche volví al hostel como a las tres de la mañana, pasando por la plaza que siempre esta llena de gente a toda hora pero encontrándola vacía. Me pareció un mundo distinto. Muchas veces es a último momento cuando se descubre una nueva mirada, una nueva capa de los lugares o las situaciones.

Al día siguiente me levanté a las nueve para desayunar, y las diez tuve que dejar la habitación. Mi vuelo era a las 5pm, y había recibido varios mails avisando que el aeropuerto de Marrakech era complicado y pidiendo que vaya con tiempo, así que alrededor de las once decidí salir. El plan era ir caminando los 5 kilómetros, parando a comer un rato en algún lado, visitando el jardín de Menara otro tanto y llegar sin apuro alrededor de las dos al aeropuerto.

El jardín de Menara, tiene una piletita donde uno no se puede meter, pero queda lindo en la foto

Arranqué camino con mi mochila a cuestas, y más o menos a mitad de camino me metí en un Carrefour a comprar agua, fiambre, y mandarinas. Cuando llegué al jardín me senté debajo de un árbol por una hora a comer. Hasta ahí veníamos bien. Después quise llegar al aeropuerto cruzando el parque por el camino que me indicaba Google pero las puertas estaban cerradas. Así que tuve que dar una vuelta enorme y ahí fue cuando me dí cuenta que la entrada al aeropuerto estaba en la otra punta, que tenía que caminar como dos kilómetros extra. Al rayo del sol. Puto Google mentiroso. Se me hizo bastante largo y me arrepentí un poco de caminar, pero finalmente llegué alrededor de las dos, todo transpirado.

Mi viaje era por Ryan Air. Aunque yo había querido sacar para ese día por Norwegian Airlines, que era más barato, no había podido porque su página web no me tomaba la tarjeta de crédito (verified by Visa es un sistema de mierda). Pero bueno. Ryan Air tenía un solo mostrador para el checkin (obligatorio en ese aeropuerto) y tardaban en abrirlo. Y había mucha gente apurada por hacer los trámites para poder viajar.

Yo me senté a esperar, comiendo mandarinas y leyendo mi Kindle.

Después de un rato largo, como a las cinco ya estábamos todos arriba del avión. Me había tocado asiento del medio así que yo estaba entretenido leyendo. Tan entretenido que no me di cuenta que el avión llegó hasta la pista para despegar, se dio media vuelta y se volvió. Ya estaba todo listo, incluso las azafatas habían dado su explicación boluda de para que sirve el cinturón de seguridad y recordado que no se podía fumar. Y de golpe habla el capitán. Que no se podía salir por un desperfecto en la nave, que iban a tratar de arreglarlo y nos iban a avisar. Nadie pensó que fuera grave, y todos se quedaron esperando. Nos prohibieron levantarnos o sacarnos el cinturón de seguridad. Que ya arrancabamos. Pero pasaron como dos horas y todos a las puteadas. Había un problema con una puerta, que no cerraba bien. Vino un técnico y se puso a empujar un rato y tocar cosas, pero no pasó nada. Hasta que nos hicieron bajar. Sin explicar nos metieron en un bus de esos que nos habían llevado hasta el avión, y volvimos para la zona de la sala de espera. Antes de bajar nos tuvieron como media hora en ese bus todo cerrado, bajo el sol con mucho calor y mal humor. La gente protestaba y golpeaba las ventanas para que nos dejen salir. Muchos preocupados porque calculaban que ya no llegaban a tomar el último tren, sobretodo los que vivían en otras ciudades. Es que originalmente el avión iba a aterrizar a las ocho, y como estábamos ahora, capaz llegábamos para las doce.

Pero una vez que nos hicieron entrar nadie nos dijo nada. Volvimos a la puerta de embarque y la gente de Ryan Air no sabía nada. Nadie se hacía cargo y la gente estaba enojadísima. Para colmo, el wifi gratis del aeropuerto por alguna razón boluda funcionaba sólo una hora y media y después te bloqueaba por dos días. Y como todos nos habíamos conectado a las 2 o 3 de la tarde al llegar, ahora estábamos incomunicados. Pasaron como dos horas más y nos hicieron subir a otro piso, donde alguien que no era de Ryan Air y no podía dar respuestas a pesar de los reclamos de la gente, nos dio un vale de comida por cinco euros (que alcanzaba para un sánguche y una coca a precio aeropuerto) y un papel que decía nuestros derechos. Ahí la gente se calmó un poco más, sobretodo porque el papel ese decía que nos correspondía 250 euros más todos los gastos extras que pudiéramos tener (taxi, hotel, lo que sea). Pero igual, había algunos, sobretodo un argentino, que aprovechando que ahora alguien lo escuchaba protestaba y pedía hablar con alguien de Ryan Air, con el piloto del avión o con un superior o el dueño de la empresa (“el señor Ryan”). No tuvo éxito. Me hizo acordar a Relatos Salvajes. Me dieron ganas de decirle a la hija del que protestaba, una piba de 15 años que se moría de vergüenza ajena, “Atajalo a Bombita antes que explote todo a la mierda”.

“Necesito hablar con un superior”

Finalmente en las pantallas de información apareció un horario de salida para nuestro vuelo. Las 0:30. Eso significaba llegar a las 3am, cuando no había metro o buses y no quedaba otra que tomarse un taxi. Nuevamente enojo generalizado. Españoles diciendo “madre mía”, argentinos diciendo “la puta que los parió”, chinos mirando sin entender. Más protesta que se calmó nuevamente con un vale de comida. Cinco euros que esta vez equivalían a un cafe y una medialuna vieja.

Mientras tanto yo seguía entretenidísimo con mi Kindle. La mejor compra del mundo, no sé que haría sin él. Antes de empezar el viaje no tenía nada para leer, entonces me puse a elegir entre los 162 libros que tenía guardados, buscando algo que alguna vez subí y que después nunca leí. Así encontré Masters of Doom, un libro que me había olvidado que existía y que era una biografía de John Carmack y John Romero, los creadores de id Software (doom, quake). En algún momento lo había pasado al Kindle, aunque después no lo leí porque en general no me interesan los libros de ese estilo. Pero me vino bárbaro y fue super interesante. Y lo terminé de leer veinte minutos antes de tener que subir al avión, a la 1am.

Así nos enteramos la hora de salida

Porque finalmente el avión salió a la una y media de la mañana. Con un montón de gente derrotada, ya sin ganas de protestar, y la incertidumbre de que iba pasar al llegar. Nos habían prometido que llegábamos y “la gente de Ryan Air en Madrid se iba a encargar”.

Yo no sabía como iba a salir del aeropuerto, y si iba a poder llegar a dormir al hostel que tenía reservado o no. Por las dudas había mandado un mail avisando que iba a llegar a la madrugada, y por suerte mi hostel tenía recepción 24hs. Pero no siempre es el caso. Aparte tuve que prender la compu para poder usar el wifi ese de mierda. Por suerte tenía mis cosas conmigo, mucha gente tuvo que dejarle las cosas a Ryan Air antes de subir al avión y no las volvió a ver más hasta llegar.

Finalmente llegamos a las 5 am. Porque para colmo se perdía una hora por el cambio horario. Bajamos, pasamos migraciones y los trámites mínimos y quedamos casi en la calle, mirando medio perdidos y murmurando en grupitos. ¿Ahora que hacemos?

Cuando estaba esperando mi mochila se me dio por conectarme al wifi. De golpe me llegaron cientos de mensajes, emails, notificaciones, incluso grupos nuevos de whatsapp que a la mañana no existían. Así, medio dormido y cansado y preocupado por saber que iba a pasar, lei más o menos los mensajes sin entender demasiado. Había uno de mi viejo, de aproximadamente ocho horas atrás, que decía: “cuando puedas llamame, falleció la abuela”.

No podía llamar a esa hora, era demasiado tarde. Y no tenía tiempo. En realidad tenía, mientras esperaba la mochila, o al salir del aeropuerto. Y si calculaba bien la hora hasta podía llamar, no era tan tarde. Pero de lo que no tenía tiempo era de sentarme a procesar lo que decía el mensaje. Por un segundo pensé que me iba a desbordar la situación. No era el mejor momento para enterarse de algo así. Mi cerebro simplemente dijo “ahora no puedo, después vemos” y agarré mi mochila de la cinta. Lo de mi abuela no fue algo inesperado, ya lo veíamos venir y si no era ese día habría sido otro. Pero justo tuvo que pasar en medio de todo el quilombo. De repente, y a pesar de que yo no me había preocupado mucho por toda la situación del día, pasó a parecerme muy ridículo todo el enojo y la indignación de la gente que había tenido un día de mierda.

Agarré la mochila y salí, tratando de seguir a la gente para ir a protestar al mostrador de Ryan Air. Entre la gente que estaba haciendo el checkin para volar a otro lado, encaré para el mostrador. Cuando llegué y me tocó el turno de estar frente a la mina de la ventanilla no fui capaz de explicar que era lo que necesitaba. Ella me preguntó que quería y yo no pude articular palabra. “Madrid, vuelo, delay” fue lo único que alcancé a decir. Y me corrí hasta que uno de los de atrás mio empezó a contar toda la situación con la fuerza del enojo.

Mi cerebro se había quedado tildado en la frase “falleció la abuela”. No sé por qué. Me pareció demasiado rara. Más viniendo de mi viejo. Mirando la ventanilla de Ryan Air yo pensaba que “fallecer” es algo que hacen los famosos en la televisión. Los parientes, así como las mascotas, los vecinos y las plantas, no fallecen. Se mueren. ¿Por qué de golpe esas formalidades ante la muerte?¿Qué cambia?

Finalmente no tuvimos respuesta de Ryan Air, más que un link a una página web para hacer un reclamo porque “esas cosas se manejan en Irlanda”. Ni solución de como viajar, de donde dormir, de que hacer con los pasajes de bus perdidos. Nada. Me quedé un rato más, esperando que le toque el turno de protestar a “Bombita” a ver que pasaba, pero él tampoco tuvo éxito. Ante la respuesta de Irlanda dijo “bueno dame unos pasajes para Irlanda y lo voy a hablar con quien corresponda allá” pero la mina de Ryan Air, con su mejor cara de empleada pública, le dijo que no podía hacer nada. Ni contención ni solidaridad. Lo que más molestaba era la ausencia de respuestas. Pero yo pensaba en otro tipo de ausencias. Bombita consiguió que al menos nos den un papel confirmando la hora de llegada y certificando la demora. Yo pedí el papel también por las dudas y me fui a ver como carajo podía hacer para llegar a mi hostel.

Como para esa hora ya eran cinco y veinte, arrancaron de nuevo a andar los bondis. Así que me tomé uno común por 1.50, que me dejó lejos pero en una estación de metro. De ahí a esperar una hora más, hasta que abra el subte y llegué a mi hostel a las 7. A pesar de que me habían cancelado la estadía por no haber ido (¡aunque avisé!) finalmente me dieron una cama y entre gente que se levantaba para irse pude dormir 4 horas. Hasta la hora del checkout que eran las 11. Porque a esa hora me tenía que levantar e ir a otro hostel. Al que no me dejaron entrar hasta las dos de la tarde. Parecía que el día no se terminaba nunca.

Recién a las tres de la tarde pude hablar por whatsapp con mis viejos y después sentarme a hacer la denuncia a Ryan Air. No sé en que quedará este tema, todavía no tuve respuesta, pero se supone que según la ley de alguna forma me tienen que dar al menos 250 euros. Si es que no se hacen los boludos.

Después me fui a pasear por Madrid y maravillarme con el contraste entre los marroquíes y los madrileños, a los cuales les importa muy poco los turistas y no hacen nada para tratar de venderme cosas.

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