Los vecinos

Lo que más me molesta del invierno no es el frío. Que pega, es cierto, pero uno se acostumbra como se acostumbra a todo. No me molesta tampoco que el 76 tarde más en venir, no. Lo que me jode de sobremanera es que en estos días a la mañana todavía sea de noche. No hay consideración. Yo acepto que la vida no es para todos igual, que las reglas de juego las ponen otros, eso lo supe siempre, fue una de las pocas cosas que me dejó en claro mi viejo. Pero al menos antes tenía el consuelo de creer que el sol sale para todos siempre igual. Que no es algo que puedan decidir los poderosos. Y parece mentira, pero en estos días donde más se necesita el sol en este puto barrio parecería que no sale nunca.

Mucho menos a las 5:45, cuando el despertador suena indignado por última vez antes que la responsabilidad me gane y lo apague de un golpazo. De eso culpo a la vieja. Ella y el cuento de la responsabilidad.

No puedo evitarlo, aunque algunos se confundan la responsabilidad con idiotez, como el patrón y esa manga de estúpidos de la fábrica. O más doloroso aun, que se la confundan con resignación, como la silenciosa mirada de Claudia todas las tardes apenas llego, después del primer mate y antes de contarme las cosas que hizo Martincito. Y hacerme las mismas preguntas de siempre. Que cuándo nos vamos a mudar, que si no me doy cuenta que me toman de boludo, que si no me parece que es urgente, que si se lo hago a propósito, que si no me enteré de la última de Martincito con los vecinos. Los vecinos. Hijos de puta todos, desde el primero al último pasando por los cinco del medio. Y la madre y ese tío que a veces aparece, también. Hoy eran las seis de la mañana y se escuchaba música que venía del otro lado del pasillo. Como si nada. Martes a las seis de la matina y éstos de joda. Bueno, música. No sé si llamarlo así. Lo que se oía claramente, y se sigue oyendo ahora a pesar de que ya estoy a varias cuadras, es la base cuadrada de ese ritmo infernal, de todas las canciones iguales. Prefiero la cumbia mirá. Al menos los negros que se llenan de guita con eso son de acá. Lo único que logra ese ritmo pegajoso es que los pendejos ahora quieran ser dominicanos, como esos negros de mielda. Porque ni pronunciar la erre saben.

Pero yo sé que está mal, no puedo decir nada. Los pibitos no tienen la culpa. Les tocó una mano de mierda y buscan la salida fácil. Cada uno hace lo que puede. Pero lo que me duele es que me lo arrastren al Martincito. Por eso sigo como un boludo levantándome a las 5:45. Es lo único que se me ocurre. No soy bueno con las palabras, y no sé si hay forma de que un pibe de once años escuche al padre en lugar de a la banda que tiene por amigos. Mas cuando yo lo único que tengo para ofrecerle son reproches. La madre cree que hace falta gritarle, pegarle, castigarlo para que entienda que hay cosas que no se hacen. Ya vas a ver cuando venga tu padre, le debe decir. Le faltará completar la frase. Ya vas a ver cuando venga tu padre, cansado de laburar y bancarse que el forro de Gutiérrez lo bastardee todo el día, ya vas a ver como se muere de ganas de abrazarte, de decirte que todo va a estar bien y de tener la fuerza para jugar a la pelota hasta que se vaya la luz. Pero no. Tengo que explicarle que está mal robar, que su madre no está loca por tener miedo a que se ande drogando por ahí y que lo que hacen los vecinos no nos puede importar menos. Mirá, hablando de vecinos ahí está el mayor, el Piti. En un pasillo, con una mina. No sé qué están haciendo, ni quiero saberlo. Mejor sigo, que se hace tarde. Esquivo un borracho que se me viene al humo hablando solo. Ni me ve, tan en su mambo que está. Ya estoy por llegar, y aunque esté todo oscuro me doy cuenta por el ruido, se escucha la sirena de la yuta. Que no es que vayan a hacer algo, no, no entran al barrio de día mucho menos ahora. Pero cuando se aburren, o para no dormirse, les gusta joder con la sirena. Para ver si con eso atraen algún pendejo dado vuelta para reventar. Siempre hay boludos así, muy peligrosos. Y pibitos que caen en ésa también. Paso por el costado, por las dudas. Me miran mal, me dicen algo, ni respondo. Sigue siendo de noche.
Creo que perdí un bondi y si llego otra vez tarde pierdo el presentismo. Y para colmo en la parada está Roberto, que siempre me cayó mal. Buen tipo, trabajador, dice mi jermu. Pero a mí no me convence. Con ese aire de superioridad que tiene, se las da de que es mejor que el resto porque tiene un trabajo honesto. No, Roberto, cada uno hace lo que puede. Y tu trabajo no es tan honesto, laburás en un taller amedrentando inmigrantes, no sos un santo. Me dice que si no escuché a los vecinos de joda toda la noche. Sí, claro, si las chapas hacen retumbar todo. Cómo no los voy a escuchar. Me cuenta enojado que festejaban que volvió la piba, la segunda, que había desaparecido hace tres años. Catorce tenía cuando se fue. Ayer apareció, como si nada y con un crío abajo del brazo. Ahora entiendo porqué tanta joda, digo yo, deben estar contentos. Porque van a cobrar la AUH, dice él.

Mirá las teorías del miserable éste, en vez de festejar por el regreso de una hija, según él estaban de fiesta por novecientos mugrosos pesos. Por la asignación universal por hijo, me repite, orgulloso de su razonamiento, por eso es que bailan los cosos de al lao.

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