No lo soñé

BASADO EN UNA HISTORIA REAL (*)

La verdad yo no me acuerdo mucho de mi papá. No lo recuerdo con amor, ni dolor ni nada. Desde que era chica, más chica que ahora que ya tengo 11, mis únicos recuerdos son los comentarios de mis tías. Que era un chico divino, que era un pan de dios, que lo que le pasó fue una injusticia. Exactamente qué fue lo que le pasó, nunca me lo quisieron decir. Cada vez que pregunto mi tía siempre repite lo mismo: rara vez esta vida tiene sentido, amor.

De lo que sí me acuerdo es del cementerio, ese lugar oscuro que visitábamos de vez en cuando, antes más seguido y últimamente no tanto. Me acuerdo patente de las paredes muy altas, como para que no se escapen los muertos. También del olor de las flores muertas ¿O sería el olor de la gente?

Dicen que mi papá era un tipo de fierro. Yo no lo puedo saber. Hace 10 años que se murió. La única imagen que tengo de él, es una foto en la que me tiene a upa, yo tendría meses, el tendría 20 años. Ahí se lo ve mirándome muy contento, sonriendome, sin remera y con un tatuaje enorme en el brazo que dice Vivir solo cuesta vida.

Yo no entiendo mucho esa frase. Se que es de una banda de rock, que era la preferida de mi papá. También es la preferida de mi tía, y cuando la escucha a veces se pone muy feliz. Pero también me acuerdo una vez que la encontré llorando, con una canción de la misma banda que decía: vamos negrita, baila hasta el fin. Me sorprendió que me sabía la letra sin conocerla, creo que tengo algún recuerdo de dormirme escuchando esa canción, en brazos de mi papá.

Yo no quiero saber nada con esa música. Por eso me enojé un montón cuando me dijeron que tenemos que ir a ver a esa banda, porque es lo que él hubiese querido.

Un día mi tía empezó a organizar todo. Fuimos al cementerio, por ultima vez, pero no a mirarlo en la tierra sino a buscarlo. Nos dieron a mi papá en una cajita. Diez años de mi papá mirando crecer las flores desde abajo, como dice la tía, y finalmente todo lo que ocupaba es un puñado así chiquito de cenizas.

Era un día muy caluroso de febrero, me acuerdo porque mis amigas habían ido a la pileta, y yo no podía. Es que teníamos una fecha limite, el 12 de marzo. Y había que organizar un montón de cosas porque teníamos que viajar a Tandil.

Yo no sabía donde queda Tandil, pero resulta que muy lejos.

Hasta los últimos días estuvieron a las corridas, organizando todo. Que como íbamos, que como entrabamos, yo no sé. Hubo problemas y discusiones con mi mamá, que no quería dejarme ir.

Al final terminamos viajando en un auto rosa muy lindo. Atrás íbamos mi tía más chica y yo, y adelante dos desconocidas que se habían conmovido con nuestra historia y decidieron llevarnos porque ya no había pasaje para ir en micro.

Era sábado a la tarde, y el viaje se hizo eterno. Por un lado porque a cada rato mi otra tía nos mandaba mensajes para ver si estábamos cerca, y por el otro porque fueron 4 o 5 horas de escuchar Los Redondos, sin parar.

Llegamos apurados por la hora, a una ciudad descontrolada. Nunca en mi vida había visto tanta gente junta. Pero no me dio miedo. Había algo de paz en la forma que todos cantaban al unísono y caminaban para el mismo lado. Una misa, dijeron, pero no como yo me imaginaba, las aburridas de la iglesia. Algo místico de verdad. Todo transcurría en medio de olores extraños, mezcla de transpiración, asado, alcohol y otras cosas que no sé.

Después de un rato de suspenso, donde los teléfonos no conectaban y los mensajes no llegaban, nos encontramos con mi otra tía y su novio. Y mi papá, claro, que estaba en una bolsita a la que mi tía se aferraba fuerte.

Nos unimos a la multitud y empezamos a caminar abrazados. En serio, nunca había visto tanta gente y nunca había sido parte de algo tan numeroso.

Nos quedamos por atrás, por la cantidad de gente no se podía avanzar mucho. Hasta que empezó el recital. No era lo que me esperaba. La música no se entendía nada pero a nadie le importaba. Todos sabían lo que se estaba cantando, sin necesidad de escuchar.

Me acuerdo mucho de un chico que me impresionó, tenia la cabeza muy grande, cantaba gritando, mirando el cielo y se movía para todos lados como poseído. Me dio un poco de miedo y lo miré durante mucho tiempo. Yo me quería ir, pero me habían dicho que tenia que esperar hasta la ultima canción, porque ahí íbamos a hacer el ritual.

Ahí venia la parte importante, para la que yo no podía faltar. Para la que nos habíamos endeudado y peleado con mucha gente de la familia. Pero que era lo que papá hubiese querido.

Yo no conocía las canciones que sonaban. No llegaba a escuchar las letras, pero me di cuenta que se venía el final por la forma de actuar de todos. Sobretodo de mis tías. Hubo un silencio enorme y el Indio Solari dijo “ahora una que sepamos todos”.

La multitud enloqueció. Empezó a sonar una música que parecía brotar de abajo de la tierra, unos acordes que se repetían con el mismo ritmo mientras la gente entraba en trance y saltaba. Era el comienzo de Ji, Ji, Ji.

Por un momento tuve miedo, pero mi tía me agarro fuerte la mano y me la llevó hacia la bolsita. Cuando la música y la gente estallaron, agarramos un puñado de cenizas y las empezamos a revolear. Fue liberador. No me acuerdo mucho que pasó con la música en esos minutos siguientes. No me acuerdo de la gente alrededor, o del chico con la cabeza grande que tanto me había impresionado.

Fueron momentos muy lindos, casi un juego, en el que desparramamos las cenizas y despedimos a mi papá. Durante todo lo que duró la canción mi tía lloraba, y yo no podía parar de sonreír.

Cuando ya quedaban pocas cenizas, y mi tía ya estaba vaciando las últimas, se acercó un chico de unos 20 años con un vaso en la mano. Hablaron un segundo y mientras ella sacudía la bolsita, él hizo como que brindaba y tiró un chorro de cerveza sobre las cenizas que cayeron. Al terminar se fundieron en un abrazo.

En ese instante pude ver, entre medio de la noche y de toda la multitud, el tatuaje de mi papá en su brazo. Mientras tanto, él me miraba con la misma sonrisa y el mismo gesto que en la foto.

Quise correr a abrazarlo, decirle algo, pero cuando llegué hasta donde estaban él ya se había dado vuelta y perdido entre la multitud. Les juro por lo que más quieran que ese chico era mi papá. Se que es imposible. Pero se que mi tía en ese momento también lo sintió. Estoy segura. No lo soñé.

Volvimos todos transpirados y medio mareados, pero sonriendo. Mientras salíamos algunos desconocidos nos abrazaban y otros miraban sin entender.

Pero volvimos felices porque mi papá tuvo la despedida que siempre soñamos. Porque pudo abrazar a su familia una vez más, y porque va a seguir viviendo para siempre en ese momento eterno y en las voces de todos los que alguna vez canten esa canción.

A la vuelta en el auto también escuchamos al Indio Solari todo el viaje. Su música ya no me pareció tan fea, ahora me gusta mucho más. Pude entender porque le gustaba tanto a papá, y como algunas frases del Indio dicen cosas que no podemos expresar.

Siempre voy a estar agradecida a mis tías por haber hecho esa despedida, y por dejarme estar ahí, entre cientos de miles de locos que también participaron aunque no se hayan dado cuenta.

(*) http://www.cronica.com.ar/article/details/57622/tiro-las-cenizas-de-su-hermano-en-pogo-ricotero

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