Parando la pelota

Hay jugadores de fútbol, cada vez menos últimamente, que tienen una habilidad innata para, en una jugada de ataque a toda velocidad, parar la pelota y tomarse unos segundos extra para pensar. En una cancha, correr corren todos. Pero meter esa pausa justa y esperar es algo que solo los distintos saben hacer. Es un momento mágico porque, paradójicamente, la pausa le da un vértigo a la jugada por lo que viene después. Es algo muy lindo de ver en una cancha de fútbol (con más panorama de lo que se ve por televisión) y genera una sensación hermosa en la tribuna. Viene sumada a que la gente sabe que cuando la agarra el crack algo puede pasar.

La jugada puede terminar bien, puede ser la pausa que hace pasar de largo a la defensa, que permite que un compañero quede solo frente al arquero o que se abran oportunidades de pase que antes no existían. Pero también puede ser el tiempo que necesite el defensor para venir de atrás y recuperar la pelota. En ese caso de la tribuna baja un murmullo de reprobación y alguna que otra puteada.

Yo en este momento estoy flotando con esa sensación de vértigo, en ese momento mágico en el que todo (o nada) puede pasar.

Ya no estoy viajando más. Venía con ganas de decir esto hace tiempo. Los últimos meses en Europa eran más desgaste que disfrute y más preocupación que alegría. Finalmente usé el pasaje de avión que tenía sacado por las dudas, sin estar muy convencido de que fuera la opción correcta, y después de unos días en la playa me volví para Kyoto. Otra vez a sufrir con migraciones, aunque esta vez el pasaporte italiano fue menos problemático que el argentino. Y acá estoy hace unos días. En el aire.

La sensación de volver a una ciudad tan linda, bajando del bus y caminando para ya-sé-dónde fue similar a la que tuve al volver a esta ciudad por primera vez. Me pone de buen humor ver los usos y costumbres japoneses, tan extraños como la primera vez. Me gustó volver a acomodarme en la misma casita que antes, con mi pieza y mis espacios propios a pesar de ser un voluntario más (volver tiene sus privilegios). Es que estoy en el mismo workaway de siempre, porque la gente es buena onda y puedo laburar haciendo páginas web, algo que me sale fácil y no me resulta trabajoso. Por supuesto que no quedó casi nadie de los que conocí el año pasado (salvo algunas excepciones), todos los voluntarios cambian a cada rato, pero es cuestión de conocer a la gente nueva e ir formando relaciones a ver que sale. Me ayuda un montón no tener apuro y no sentirme de paso. Aunque es verdad que en unos meses me voy (tengo visa hasta el 30 de septiembre) y que no sé bien si voy a volver, por ahora siento que me saqué un peso enorme de encima por saber donde voy a dormir la semana que viene, e incluso el otro mes. También me sirve para ahorrar y bajar el nivel de gasto, que en Europa se me iba todo en imprevistos.

Pero eso es solo la mitad del tema. Parar la pelota es fácil, lo complicado es saber que hacer después con la caprichosa en los pies. De golpe me encuentro con más tiempo y, aunque es verdad que siempre hay actividades para hacer con el resto de los voluntarios y podría pasar el día hablando boludeces sin hacer nada, tengo que aprovechar estos meses para inventar o definir algo a futuro.

Mi plan es ponerme tres horas por día a hacer algo para mí, que parece muy fácil pero no lo es. Por ahora, cinco días adentro, todavía no pude ponerme ni a escribir en el blog, por ejemplo, que es algo para lo que aún viajando siempre encontraba ganas y tiempo de hacer. Recién hoy me puse. Pero no por falta de tiempo sino por no poder organizar la cabeza. Es que las opciones son muchas y tan variadas que se me complica pensar. Puedo usar mi tiempo en estudiar japonés y conseguir una visa de trabajo para quedarme a laburar acá. Puedo hacer algún proyecto web que me dé plata para que cuando vuelva a Argentina no me coman los piojos. Puedo dedicar mi tiempo a escribir boludeces, de ficción o viaje, y aprovechar estos días para sentirme escritor (?). Puedo tratar de ser campeón mundial del CHUNITHM (bueno, eso es imposible en realidad). Puedo buscar algún producto para comprar y mandar para Argentina y hacerme unos mangos. Puedo tratar de venderle webs o hosting a los japoneses. No sé, escucho ideas a ver que sale. En serio, cualquier cosa.

Son momentos de definición y yo no vengo demasiado claro. Me resulta difícil cambiar el chip y dejar de pensar todo tan temporal, me estoy tomando estos días para que el cambio se dé naturalmente. Yo creo que un día de estos voy a dejar de, por ejemplo, andar con el pasaporte en el bolsillo. (No sé porque pero en este momento en mi bolsillo hay pases de subte parisinos, entradas a museos españoles, tickets de supermercados húngaros y demasiadas monedas tailandesas).

Supongo que uno de estos días voy a saber en serio que quiero hacer de acá a seis meses, o un año (pensar más me parece una locura). Sería un gran cambio.

Mientras tanto estoy acá muy tranquilo. Todos los otros voluntarios se sorprenden un montón cuando les digo que me voy a quedar como tres meses. Ponen la misma cara que yo ponía ante la idea un año atrás. La misma que deben haber puesto varios de los que conocí acá la vez pasada cuando se enteraron que iba a volver. Es que es un conjunto de cosas que no solo tienen que ver con la ciudad o el lugar de trabajo, es esto de saber que acá puedo parar y hacer la mía en un entorno lo suficientemente cómodo, barato y distinto. No saben por ejemplo lo lindo que es para mí tener baño propio, o ir al supermercado sabiendo que puedo hacer la compra para todo el mes. Son cosas que echaba de menos.

Una de las cosas que estoy pensando hacer, y que serviría tal vez para explicar mi decision de volver, es publicar en formato libro un conjunto de historias y cosas que me pasaron la vez pasada que estuve en Japón. Es algo que había empezado a hacer en el blog, llegando a contar 4 historias, y que después las saqué porque me enteré de un concurso de narrativa de viajes y decidí presentarlas ahí. Tuve que escribir como 70 páginas en diez días, porque me avivé muy sobre el cierre y pedían un mínimo de 100. Fueron unos días en los que la pasé bien porque me sentí escritor, corriendo contra una fecha de entrega. Fue super estresante, y lo hice convencido de que no iba a llegar a nada, pero fue una linda sensación. En su momento me pareció bien y pensé que si no ganaba lo podía publicar por mi cuenta. Hace algunos días me enteré que no gané nada (lo cual hubiese estado lindo porque encima eran como 20mil euros de premio) así que tendría que ver que hago con todo eso. El tema es que ahora no me suena que a nadie le resulte interesante o quiera pagar por un libro así (más allá de los amigos que lo comprarían por ayudarme, a los cuales obviamente se los quisiera regalar y no vender nada). No sé, tengo que ver que hago. Ahora tengo miedo de releerlo y que sea una cagada, pero por lo que me acuerdo de cuando lo escribí (en marzo de este año) me parecía bueno.

Volviendo un poco al asunto de parar la pelota, en eso estoy ahora. Tengo en la cabeza algunos posts que se me habían ocurrido hacer sobre la experiencia de viajar por Europa en general, y algunas ideas para cuentos que están por ahí hace rato, más un montón de tiempo libre para pensar cosas y ver en que proyectos me puedo meter.

Pero también es muy probable que no haga nada de esto y me quede boludeando hasta que venga un defensor y nos revoleé a la mierda, pelota y jugador. En ese caso no me quedará otra opción que mirar al árbitro, reclamar falta y fingir una lesión para evitar los abucheos de la tribuna.

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